181

Fotografía y texto: Susana Aragón Fernández

Llegó un día en que la dueña del piso que la familia alquilaba cada mes de julio, dijo que había llegado el final porque su hija iba a vivir ahí, lo reformaría, se instalaría y ya no estaría disponible los veranos. Seguramente le habría costado mucho tener que decir esas palabras, dar ese paso, pero la vida empuja, los hijos crecen y buscan su vida y dónde hacerla.

Más de cuarenta meses de julio vividos en esas paredes iban a quedar atrás. Desde tiempos del abuelo Joaquín, la familia se había ampliado hasta llegar a reunirse cuatro generaciones en sus cinco habitaciones. Ajustándose un poco a los espacios, sin pretensiones, con muebles viejos que por ello eran “troteros”, con vistas impresionantes a la bahía de Txingudi, con paciencia en la convivencia, con las intensas preparaciones de las comidas antes de ir a la playa, con los horarios intempestivos, con la riqueza de convivir.

Meses de julio con los suelos de madera añosa que desprendían astillas que algún niño llegó a clavarse yendo descalzo por la casa. Baño de azulejos verdes explotado en verano, desempleado el resto del año. Contraventanas de color granate con vistas a un bello magnolio y a los adoquines relucientes de humedad. Sonidos de campanas de la iglesia cercana y bodas los sábados por la mañana. Invitadas elegantes con sus tacones, como garzas fuera de su medio, tropezando por las irregularidades de las calles y reportajes fotográficos de boda de jóvenes disfrazados de novios algunos días de labor.

Se acabó volver a este piso, el de siempre, el de cada año, el de al lado de la iglesia, el de los ojos bonitos y abiertos a la bahía y al mar. Se acabó; un día tenía que acabarse. Como acaba todo. Como final inesperado, la noticia fue un disgusto familiar: poner fin a ese tiempo tan querido de conversaciones, juegos, niños que aprenden a andar entre esas paredes que saben ya bastante de cada uno, niños que aprenden a respetar la novela de la abuela en la televisión, niños que se inventan un trinquete entre las paredes de la iglesia, al lado de la casa, niños que escuchan las anécdotas de los mayores aparentemente centrados en sus juegos.

Pero ¿y si eso que en principio nos disgusta es mejor para todos? Puede ser, sí. Puede traer algo bueno. Puede ser mejor así. Porque nos evita la decisión de la reestructuración, nos evita evidenciar que ya no cabemos en la casa, que todos nos vamos haciendo mayores, que las necesidades cambian, que fue bello mientras duró y que la vida sigue y nos lleva por otros caminos que nos volverán a unir aunque parezca que nos dispersa.

Y la misma pregunta puede ser aplicable a cualquier situación de disgusto “¿no será mejor así?”

Imaginemos esta situación: hay una oferta de 180 plazas para maestras/os y una convocatoria de oposiciones para cubrirlas. Horas y horas de estudio, de dedicación, de biblioteca… Tras tanta intensidad de preparación, tras tanto esfuerzo… ¡Quedarse en el puesto 181! Quedarse a las puertas de esa estabilidad laboral que te libera de nuevas oposiciones, nuevas exigencias añadidas a las propias del vivir.

Ahí en el umbral, a un paso de conseguirlo, mirando hacia delante, mirando a 180 personas que se han “liberado” de volver a preparar esas duras pruebas, 180 compañeros/as que se llenan de alegría y ven recompensadas tantas horas de trabajo y dedicación. Y mirando también hacia atrás y viendo a muchas más personas al otro lado, con sentimientos de todo tipo, entre ellos el abatimiento, el enfado, la decepción, la desilusión, el cansancio, la amargura…

Y en principio el puesto 181 parece un buen motivo para la rabia, para el disgusto. Pero… ¿Hay alguna posibilidad de que sea mejor así? ¿Será mejor? Quizá con los años podamos ver que sí, que resultó mejor quedarse en ese puesto porque trajo algo bueno, algo buenísimo que ni podemos imaginar ahora y que puede responder a otro plan, un plan que supera los propios planes, (“mis planes no son vuestros planes”, canta el viento entre los árboles calmando todo posible disgusto).

Fotografías: Susana Aragón Fernández

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