En el puertecillo de Mendigorría


Photo by Fabian Dennler on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Tatín suele decir, para expresar que lo mismo puede un amigo ir a visitar a otro que otro puede visitar a uno: “la misma distancia hay de Longa a Niza que de Niza a Longa”. Así es. Y, llevándolo a otros caminos podemos decir que la misma distancia hay de Puente la Reina a Mendigorría que de Mendigorría a Puente la Reina. Eso sí, con una pequeña diferencia: de Puente la Reina a Mendigorría hay que subir un pequeño puerto de curvas muy cerradas antes de acceder a ese precioso pueblo que mira desde lo alto los campos y las orillas del Arga. Las curvas de ese puertecillo son tan cerradas que obligan a parar si hay un camión o autobús en el otro sentido, solo así puede hacer el giro: invadiendo el carril contrario. Por supuesto, todo ese tramo tiene pintada una línea continua. Es un lugar para tener paciencia e ir con cuidado. Siguiendo con el dicho de Tatín, si de Puente la Reina a Mendigorría hay que subir ese puertecillo, lógicamente, de Mendigorría a Puente la Reina hay que bajarlo despacio, despacio.

Esta semana en ese punto pude encontrar mi final mundano. Iniciando la bajada del puertecillo, en la primera curva encontré en el carril contrario un camión subiendo lento, como ha de ser, y a su lado un impaciente (descerebrado podríamos añadir), adelantándole a pesar de la curva y de la línea continua. Así que el “impaciente” iba por mi carril y no había arcenes ni posibilidad de esquivarlo. Gracias a Dios mi velocidad no era muy grande y pude reducirla y por unos segundos no tuvimos el choque frontal que se avecinaba. El camionero gesticuló ante tamaña maniobra temeraria y seguimos cada cual con su ruta.

Hoy todo podía ser distinto. Los temas de las oposiciones, abandonados en la estantería. Los robles bebés, esperando cuidados. Los padres, un poco más solos. Él, haciendo quizá una mayor valoración de lo que tenía a su lado (“solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido”). El grupo de clase, con una nueva maestra. Los hijos, huérfanos y sin futura abuela de sus futuros hijos. Las escaleras del bloque de vecinos, sin los canturreos. Los amigos, llorando la pérdida.

Y amanece de nuevo. Gracias a Dios. La lluvia refresca los campos. El viento de marzo se lleva las telarañas del alma. La cigüeña sigue llevando ramitas en el pico y dejando sonar su pico de bambú. Los hijos disfrutan de su energía y su juventud. Él me masajea la espalda con mi aceite preferido. Los amigos, nos animamos, nos queremos. Ya solo queda que un Viento mayor arrastre de los corazones los afanes de poder, de expansión, de destrucción, esos afanes torpes y desgraciados que traen la guerra. ¡Ojalá sople fuerte llevándose las ganas de pisotear, aniquilar, apropiarse, las ganas de poder más! ¡Que sople ese Viento y nos deje desnudos con solo el sueño de disfrutar, desnudos con la mera contemplación de la belleza que nos rodea y de la que somos capaces de crear! ¡Ojalá!

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