Cosas que pasan


Photo by Abhishek Koli on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Después de años y años de vida en común, de haber disfrutado juntos, de haber superado mil y una dificultad. Después de haber reído y llorado juntos. Después de haber formado una bonita familia, uno de los dos se va, encuentra un nuevo amor, vuelve a la ilusión juvenil de lo nuevo, lo que empieza, lo que no tiene ronquidos ni tiene sonidos de masticar, ni sudores ni cualquier detalle no tan bello que a todos nos acompaña. Y dice “son cosas que pasan”.

Después de tanto vivido, mira hacia otro lado, da un giro a su vida: despide lo vivido y da la mano a lo nuevo, a esa persona que se cruzó en su camino, quizá reviviendo la emoción de los primeros años y dice a sus hijos “Son cosas que pasan”. Son cosas que pasan. ¿Son cosas que pasan? Como si no hubiera tenido nada que ver en el asunto.

Son cosas que pasan la tierra temblando misteriosamente antes de la erupción del volcán; la lava quemando los campos; el sol saliendo hoy entre los bloques de edificios de la ciudad.

Son cosas que pasan las cigüeñas alzando el vuelo desde el campanario para empezar su jornada; el río bajando con fuerza, pero en su cauce, ajeno a los restos de la última riada; la tierra mojada.

Son cosas que pasan el bebé abriéndose paso por el canal de parto y la sorpresa de su primera bocanada de aire; las nueces preparadas para saltar desde el nogal al suelo, a la tierra; el arco iris, dibujando el horizonte anunciando la tregua.

Son cosas que pasan que tu padre enferme y pierda facultades; que tu madre tenga frío en ese nido que quedó vacío; que tu amigo muera de forma terrible dejando un agujero de impotencia en tu alma.

Son cosas que pasan. Irremediablemente. Pasan. Llegan sin mediar decisiones ni esfuerzos. Pasan. A veces para bien, otras para no tan bien.

No “son cosas que pasan”, aunque pasen, esa maceta en tu salón muriendo día a día, sedienta; la compañera criticando a la otra compañera a sus espaldas, la zancadilla, el pisoteo; estar con una persona pensando en otra, añorando otra.

No “son cosas que pasan”, aunque pasen, entrar a mirar las rebajas el único rato que tienes para estar con tu nietecito pudiendo jugar con él; ver tu balcón llenarse de palomas que deciden criar ahí; dejar tu trabajo y buscar nuevas oportunidades.

Cosas que pasan son la hormiga siguiendo la fila de sus compañeras; la larva latiendo esperando su metamorfosis; la niña que va convirtiéndose en mujer; el huevo que pone la gallina afortunada que pisa la tierra.

Cosas que pasan son ver crecer las “alas” de los hijos y mirar sus primeros vuelos; el fuego calentando las manos de quienes trabajan en el campo; la miel chorreando de la colmena.

No “son cosas que pasan”, aunque pasen, la artista que sale del armario tras años y años y empieza a pintar las paredes del mundo; la madre que se aferra a su bebé alargando su amamantamiento aunque el niño ya prefiera el chuletón; volver un día a casa y encontrar tu mascota muerta, olvidada en un rincón.

No “son cosas que pasan” ir conduciendo el coche con alcohol en las venas, atropellar a ese chico y salir huyendo; mirar hacia otro lado, al pasado juvenil quizá y querer volver a tener veinte años y vivir lo que entonces no viviste.

Como dice mi querida Rosa “No puedes impedir que se te pose un pájaro en la cabeza, pero sí puedes impedir que anide”.

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