Beso vuestra mano

Fotografía:
https://tendencybook.com/besos-besitos-besotes-tipos-o-maneras/ Texto: Susana Aragón Fernández

Es una mañana fresca de verano en el centro de la ciudad. Aunque la mayoría de los repartidores ya han ido pasando por los comercios, aún se ve alguno de vez en cuando. El mercado ha abierto sus puertas hace un rato y la gente va saliendo a las calles a hacer recados, rellenar el carro de la compra, realizar gestiones, simplemente pasear, pasar la mañana con los niños que están de vacaciones…

Ahora las calles ya no huelen ni a tilos como en primavera ni a castañas asadas como en otoño. ¿A qué huelen las calles de la ciudad en verano? Mientras pienso una respuesta, nos sentamos en una mini-terraza de un bar (solo tiene tres mesas en la calle) y a pesar de que han anunciado una terrible ola de calor, he de taparme los brazos con el foulard que siempre llevo en el bolso. Para celebrar el día y la vida, vamos a desayunar en la calle, con el periódico. La calle Tafalla es de mucho tránsito de gente y por ello muy entretenida y favorable a los encuentros.

El padre de Conchita, la vecina, sale del supermercado y al vernos se acerca a charlar un rato, dejando previamente la bolsa de la compra en una de las sillas. Concluidas sus vidas laborales, tanto él como su mujer, dejaron atrás su pueblo en Cataluña para poder vivir el día a día de sus nietos, ayudar a su hija en la crianza y crear intensos lazos de cariño con los chiquitos.

¡Qué bueno sabe el café en buena compañía y en un día de vacaciones! Estamos en nuestra ciudad, la de siempre, y, aunque algunas veces la haya criticado por muchas razones, puedo imaginar que acabamos de hacer un viaje y estamos en una bella ciudad italiana y que recorriendo dos o tres manzanas encontraremos el Puente Vecchio sobre el río Arno o en una callejuela con aroma de isla con sus casas enjalbegadas, relucientes, sonriendo al sol, o en una calle de cualquier continente con todo por descubrir.

Él se acerca. Desarrapado. Como si hubiera pasado la noche en un cajero. La cabellera revuelta y no sé si muy limpia. Las ropas colgándole del cuerpo ajado. Nos pide dinero. Le damos un euro. Pero no quiere irse y entabla una pequeña conversación. Finalmente nos pregunta “¿creéis en los astros?” Y le miro intentando captar su nivel de “locura” y quizá con un cierto temor ante una incontrolada reacción en caso de darle una respuesta que no sea de su agrado. Me pregunto si será un fanático de los astros. Quién sabe. Tras unos segundos decido darle una respuesta breve y firme con una sonrisa en los ojos: “Yo creo en Dios”. Hala, ya está. A ver qué pasa. Su reacción nos sorprende por su entusiasmo y su intensidad: se alegra tanto que parece que se va a poner a bailar o dar saltos de contento y termina alargando su mano hacia mí con intención, creo yo, de chocar la suya con la mía. Pero no es un choque lo que hace sino que coge mi mano y, caballerosamente, como si se llamara Amadís o Florisando, le planta un beso a través de su mascarilla. Y, ligero y jovial, se va. Yo, por no ofenderlo, espero a que se vaya para darme gel hidroalcohólico encima de su beso. Pero ahí queda el buen sabor del momento: un instante sorprendente y feliz del día.


Photo by christian buehner on Unsplash

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