Esa pelota verde que ves ahí


Photo by Jeroen Bosch on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Llegó un día acompañando a Montse, la enfermera que me hacía la cura cada mañana. Su cuerpo musculoso, sus hombros anchos en ese uniforme blanco con el logo de la residencia. Su sonrisa tímida la descubrí bajo su mascarilla, en sus ojos tiernos y jóvenes, llenos de energía, ilusión y cierto vértigo ante la novedad de la situación: sus primeras prácticas como enfermero. Observó con total atención y detenimiento todos los movimientos de Montse con un afán intenso de aprenderlos todos, como si se jugara la propia vida en lo que más tarde le tocaría hacer a él. Tímido y delicado casi no se atrevió ni a mirarme a los ojos, escondido en el dominio de la que sería su maestra en esas prácticas, detrás de la habilidad de sus diestras manos.

En poco tiempo me tocó pasar de estar en el lado activo de la vida a ser una persona dependiente. Tras largo tiempo en esa intensa actividad profesional a la que me dediqué en cuerpo y alma, con mi propio despacho como perito mercantil en la empresa que llegué a sentir como mía, tan lejos de los míos, en aquel trabajo donde se fueron mis mayores energías ahora mi vida parecía la de otra persona. El íctus. ¡Quién lo iba a pensar!

Tal como yo volé de mi tierra a otras tierras, persiguiendo sueños, inculqué a mis hijas el valor de perseguir también sus propios sueños y volar también. Carmen se fue un verano a Nueva Zelanda y allí descubrió su propio paraíso. Siempre le había encantado la naturaleza y allí encontró lo que tanto añoraba. Según cuenta, hizo grandes amistades y se dedican a “cuidar el planeta”. Se ganan la vida como guías de la Tierra y disfrutan sin mucho estrés, viviendo al día. Hace tres años que no la veo, bueno, que no estamos juntas. Algunas veces nos vemos por videoconferencias. Lidia, la pequeña, se fue a Chile con el programa Erasmus y allí conoció a Carlos y, para mi sorpresa, ya no volvió más, bueno volvió, pero de visita. Ahora están criando allí a sus hijos, Leo y Eliana, mis nietos, ¡Ay, cuánto les echo de menos!

Él llegaba cada mañana ya sin Montse, con sus manos inexpertas y cuidadosas y muy precavido para evitar causarme dolor, curaba mi herida de la rodilla. Yo mientras, practicaba con la pelota terapéutica para coger fuerza en las manos. Enseguida empezamos a bromear “¿hoy qué me vas a cortar, la pierna, el brazo, o los dos? Tranquila, hoy solamente cortaremos la pierna.”. Y nos reíamos los dos. Di pie a ese tipo de chistes que en un principio le sorprendieron, pero que quitaron mucha tensión al temor que llevaba y se creó una corriente de simpatía entre nosotros.

Solo con su presencia se me alegraba el alma. A pesar de que nunca me habían gustado los chicos con pendientes, a él le quedaba muy bien ese arito en la oreja. Me contó algunas cosas de su vida. Yo le conté algunas cosas de la mía. Le conté que aunque ahora no pudiera andar, según dicen los médicos, pronto empezaré con la rehabilitación y ¡quién sabe! quizá en unos meses pueda volver a caminar.

Y llegó el día de la despedida. Apareció por la puerta provocándome ese pellizco de emoción alegre. Me dijo que ya terminaba las prácticas y que le daba pena despedirse de mí. Que había aprendido mucho y que quería regalarme una cosa. Me dio una pelota verde, blandita, de espuma, tipo pelota de beisbol infantil “ya que siempre tienes una pelota en las manos, te traigo esta con la que yo jugaba cuando era pequeño”. Lo dijo un poco vergonzoso, pero valiente a la vez. Me habría gustado agradecérselo con un beso, pero tuve que conformarme con unas palabras de agradecimiento y el brillo emocionado en los ojos.

Ahora todos los días hago mis ejercicios con la pelota verde y la dejo en el lugar más visible de la estantería. Y pienso en él, en su vida tranquila, en su cuerpo saludable y fuerte, en sus ojos vivos e ilusionados. Y a la vez me imagino jugando con esta pelota con mis nietos Leo y Eliana, lanzándoles la pelota, riendo, devolviéndomela ellos, paseando del brazo con mis hijas Lidia y Carmen. Añoro que los sueños de cada una de nosotras nos lleven a volver a vernos y volemos a un reencuentro.

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