¡Ay, qué ridículo!

Photo by Erik Karits on Unsplash Texto Susana Aragón Fernández

Ahora me doy cuenta. ¡Qué ridículo! ¡Qué ridícula mi llamada telefónica! Hace ahora un año de aquello.

Con la pandemia las noches en el centro de la ciudad por primera vez se convirtieron en noches de paz. Paz por lo menos ambiental o mejor dicho, paz sonora. El estado de alarma hacía que a partir de las 23 h todos estuviéramos recogidos en nuestras casas y los coches aparcados. Por una vez, todos callados. Calles sin voces, sin risas, sin jaleo. Y esas noches de paz amplificaron sonidos que habían pasado desapercibidos… toda la vida. Sonidos y la misma llegada lenta y vigorosa de la primavera.

En medio de tanta paz, solo interrumpida por las sirenas de las ambulancias, descubrí un sonido desconocido que en un primer momento asocié al del semáforo para ciegos. ¡Con lo lejos que está ese semáforo (el que nos encontrábamos para ir al colegio por la avenida Baja Navarra) y lo oímos desde aquí! Lo primero fue la sorpresa del descubrimiento. Luego ese sonido intenso e intermitente permanecía demasiado como para ser el del semáforo y mi cerebro se puso a trabajar para buscar el origen de lo que ya pasaba de la sorpresa a la molestia. Se oía solo por las noches. Será algún rádar, alguna máquina mal ajustada… alguna explicación debía tener.

Eran noches cálidas del final de la primavera con su olor característico de placidez y de anuncio del tiempo para el descanso y el amor. Las ventanas abiertas de par en par. Calma… ¡pero este pitido… ¿qué será? Sorpresa, molestia, inquietud, malestar… ¡Cómo pesa la idea que nos hacemos de las cosas! Debe haberse estropeado algo…

Finalmente una noche, ya desesperada por no encontrar respuestas al pitido intenso e intermitente, llamé por teléfono a la policía municipal por si podían averiguar el origen del sonido. Tomaron nota, trasladarían el asunto a la sección de medioambiente y salud. Pero todo siguió igual.

No sé en qué momento dejamos de escucharlo. Y pasado un año, vuelve a aparecer el sonido. Vuelve su intensidad y su intermitencia. ¡Otra vez el ruido del año pasado! ¡Ay, ignorancia grande la mía! Una de estas noches, cerca de la Taconera, paseando ahora con amigos y familia, me descubren el gran misterio: ¡es el autillo cantando su canción de amor! Rosa habla de ese canto como si de una nana se tratase, como una melodía que le calma como seguramente le calmaba la voz de su abuela o de su abuelo contándole historias de ese sonido, volcando su sabiduría ancestral en los nuevos retoños.

¡Cuánto saber queda acogotado por nuestros ruidos, por nuestro ritmo frenético!

¡Cuánta vida desaparece entre las cañerías y los desagües sin haberla siquiera percibido!

¡Ay, qué ridícula ignorancia!

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