Caracoles


Photo by Krzysztof Niewolny on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Estos días no puedo dormir bien. Doy vueltas y vueltas en la cama y no tengo tranquilidad. Mis padres últimamente se están peleando mucho. Se gritan y se dicen cosas que son como dardos que se me clavan, aunque no vayan dirigidas a mí. Hay voces encendidas y silencios de mucha tensión. Mi hermano y yo nos quedamos como encogidos, como si fuéramos dos diminutos caracoles que se esconden en lo más hondo de sus conchas y quisieran pasar desapercibidos. El otro día mi padre salió de casa dando un portazo y nosotros nos quedamos quietos, escondidos en nuestras casas espirales, intentando apaciguar nuestra agitada respiración. Esperando y temiendo, recordando la historia de mi madre: su padre, o sea, mi abuelo, un día salió de casa y ya nunca más volvió. A pesar de que nos lo ocultó durante el tiempo que pudo, un día salió en una conversación de mayores y acabamos preguntando y conociendo que quizá nuestro abuelo materno no estaba tan muerto como pensábamos.

Ayer tuve un sueño que al despertar recordé muy bien. Iba al colegio. Dejaba atrás mi casa, que era gris, mis peluches, grises. Las calles eran grises y gris también todo lo que me encontraba. Gris era el colegio, el patio, mi clase, los pupitres y los compañeros… hasta yo misma era gris. Y de repente entraba en clase Constanza, una nueva profesora que tenemos este año, y tenía colores: el azul turquesa de su bata de cuadritos y dibujos, el color naranja intenso de su jersey, la manzana roja del almuerzo en su bolsillo, el castaño de su cabello, el azul brillante de sus ojos… Ella entraba por la puerta y aunque no podía verlo por la mascarilla que ahora siempre llevamos, venía sonriendo y fue como si entrara el arco iris.

Pensé en que podría contar este sueño a la psicóloga que tengo que visitar cada cierto tiempo porque los nervios se me juntan en el estómago muchas veces, lo mismo que le pasa a mi madre y me pasa que no sé qué quiere que le cuente. Pero preferí contárselo a la misma Constanza, que me escuchó en el patio, mientras comía su manzana de cada día. En el recreo ella aprovecha para almorzar y disfruta de ello (se ve en cada mordisco). Lo que le conté le hizo gracia y se preguntó qué querría decir ese sueño. Pero como esas preguntas que se lanzan al aire sin esperar una respuesta, como si pensara en alto. Yo me lo pregunté también después.

Al día siguiente volví a acercarme a ella y le dije: “creo que ya sé qué puede querer decir el sueño que tuve: que me da alegría verte”. Ella volvió a sonreír debajo de su mascarilla (se lo veía en los ojos) y dijo “pues me anima mucho a seguir trabajando de maestra”. Y se quedó más contenta que si le hubiera hecho un regalo. Ella me alegra cada día y en ese momento… ¡Me alegró tanto alegrarle!

Yo también estoy contenta en el colegio: algo me dice que aunque a veces todo sea triste, todo sea gris, las cosas pueden ser de otra manera. Espero que llegue el color a mi familia también y los caracoles podamos salir de nuestras conchas a jugar y a tomar el sol.


Photo by Krzysztof Niewolny on Unsplash

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2 comentarios

  1. ¡Hola, Susana! Desde hace unos meses sigo tu blog y cada semana espero con impaciencia ese mensaje de correo que me avisa de una nueva entrada. Siempre me ha parecido muy gratuito el gesto de aquellos que escriben, para sí mismas y para otras, en espacios así, y que sin saberlo, con su escritura nutren a otras y otros. Simplemente quería agradecer, Susana… Con tus palabras unas veces me permites regresar a la niña que amaba ir en bicicleta, o a esa otra que también se escondía en su concha de caracol, o me conectas con la mujer creyente que adora a su Señor. ¡Gracias, Susana, por compartir desde este lugar tanta belleza y tanta vida!

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