El calor de la Navidad


Photo by Markus Spiske on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

En el año 2.000 la abuela Juanita celebró sus últimas navidades. A sus 85 años. Claro que ella no lo sabía. No sabemos con certeza cuál será nuestra última Navidad. Quizá su deterioro físico ya le iba anunciando el final. Su sufrimiento. Las llagas en su cuerpo de los últimos meses. Esa mano izquierda paralizada, fría, sin movimiento. Lo mismo que su pie izquierdo, con su pierna izquierda… todo su lado izquierdo. Ese desamparo que a veces le hacía gritar “¡¡¡mamááááá!!, como la niña que se despierta en la noche con una pesadilla alterada y con la respiración agitada. La niña que grita para que aparezca esa figura que abraza, esa figura mágica que hace desaparecer las sombras y las amenazas del mal sueño. ¡¡¡Mamáááááá!!! Quizá llamaba a Dios.

Pequeños bálsamos del día a día calmaban su dolor. El bálsamo de cada mañana, Chusa, cuidándole delicadamente, ¡con tanto cariño! La compañía continua de sus hijos y nietos que aparecíamos por la habitación para estar un rato con ella. Para ver juntas, tumbadas en la cama, aquel programa de Isabel Gemio “Lo que necesitas es amor”. A la abuela le gustaba el peinado de la presentadora y llegó a cortarse el pelo como ella. Los paseos por las calles del barrio con la silla de ruedas en busca de los lugares protegidos del viento y soleados. El mejor para los días fríos era el tramo de la calle Iturrama, entre Fuente del Hierro y Pío XII. El conocimiento de cada árbol, de cada flor que aparecía en primavera y de cada esquina.

Pero ese frío que se le metió en el cuerpo, ¡qué difícil de remediar! A veces desaparecía por la compañía. Aunque fuera por un breve instante, el calor del sol parecía tener más fuerza, o volvía la sensación de que la vida podía tener el sabor de siempre. Las sopas de ajo, los pimientos verdes fritos y el tocinico frito. ¡Chica, a estas alturas ya no es momento de cuidarse, sino de disfrutar de lo que queda!

Esas manos que arropaban ese cuerpo consumido y esclavo de su inmovilidad, apretando las sábanas y manta contra su costado impidiendo la más mínima rendija por donde se pudiera escapar el calor, son las manos agradecidas que en la niñez aprendieron de la abuela en su casa sin calefacción, a dejar el pijama calentándose en la estufa de butano y a dormirse con unos patucos de punto en los pies.

Sus últimas navidades fueron el encuentro de cuatro generaciones bajo el mismo techo. Navidades 2.000. Hoy estamos a las puertas de las navidades 2.020, que nada tendrán que ver con aquellas, pero siempre serán ocasión de recordarnos EL CALOR que nos podemos dar más allá de mascarillas, recomendaciones y distancia social.

Foto (fragmento): Susana Aragón Fernández

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