Caigo en tus brazos


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Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Hoy sí que me ha extrañado mi madre. Al volver del colegio le he contado un ejercicio que hemos hecho en clase de Valores con Irene. Era sobre la confianza en los demás y se llama “Caigo en tus brazos”. Teníamos que juntarnos de dos en dos y dejarnos caer hacia atrás y el compañero o compañera nos tenía que recoger con sus brazos. Creía que le iba a encantar, porque ella siempre está con estas cosas de la convivencia, de resolver los conflictos, de hablar las cosas y así y va y me dice que ¡le parece un juego horrible… y peligroso! Es que le he visto hasta alterada sabiendo que hemos jugado a eso. Luego ya he llegado a entenderle cuando me ha contado:

Tendría más o menos tu edad cuando nos propusieron algo parecido. El juego del Lazarillo. ¿Lazarillo? Le he preguntado yo. Sí, lazarillo es el que guía a un ciego: una persona, como en la historia del Lazarillo de Tormes o un perro, como el perro que lleva Serafín Zubiri y muchas más personas ciegas que se ven por los pueblos y ciudades.

En el juego del Lazarillo una persona es el ciego y otra el guía. Nosotras hicimos ese juego en el patio del colegio. A mí me tocó con Angelina y empecé el juego tan contenta, por eso de poder estar en el patio en vez de seguir en clase con alguna lección. Estaba encantada con ese juego o cualquier otro. Todo lo que fuera jugar me venía bien. Y así íbamos: yo con los ojos cerrados y Angelina guiándome por el patio. De repente sucedió: di con mi boca contra uno de los postes de las canastas de baloncesto. ¡Me llevó allí directamente! Fue algo traumático. Muy traumático. De repente noté un dolor muy intenso en la boca y que mi pala no estaba en su sitio: la tenía totalmente inclinada hacia dentro de la boca y mi lengua la tocaba espantada ¿qué ha pasado?

Me acompañaron a casa y me llevaron al dentista. ¿Ves esta pala que tengo rota? Ese diente ha sufrido desde entonces. Gracias a Dios y supongo que también por mediación del dentista, volvió a su posición pero nunca a vuelto a ser la pala que fue antes. Se oscurece y es muy sensible a todo. Es el diente de la lección de la desconfianza. Con aquel juego querían enseñarme confianza (que es lo que tenía) y aprendí lo contrario.

Y es que no me explico: Angelina era una chica modosita, de las que nunca había roto un plato, de las que hacían siempre las tareas y de las que parecían buena persona. No era bromista. Y ese día ¡se le ocurrió hacer esa gracieta! Ese día se le ocurrió sacar los pies de las alforjas. La verdad que no entiendo ni lo entendí. Pero como lección me quedó la desconfianza y la tarea de descubrir de quién me puedo fiar y de quién no. Y la misma tarea tienes tú, no creas. Es falso que puedas confiar en cualquiera. Ni siquiera tu profesora Irene se lanzaría hacia atrás y se dejaría recoger por cualquiera. Como tampoco dejaría su coche, o su casa…

Cariño, la confianza… todo un camino y un aprendizaje. No te lances en brazos de cualquiera.


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