Como a un cerdo


Foto de Iva Rajović en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Nos quedan las visitas a estos padres mayores que mantienen la calma a pesar de esos dichos que a veces salen por sus bocas “día que pasa, no vuelve”. Nos quedan las visitas manteniendo la distancia y con las mascarillas más potentes colocadas por evitar contagios. Y las conversaciones. Reconozco que las que tienen como tema central la pandemia y las actuaciones políticas y demás me aburren y, del mismo modo que si alguien me cuenta excesivos detalles de su operación quirúrgica desconecto y procuro no escuchar demasiado, lo mismo me pasa con esas quejas y lamentaciones. En cambio, la conversación se enciende y se llena de personas, calor y olor cuando aparecen vivencias de hace unos cuantos años. Otros tiempos. Lejanos tiempos. Sí, pero no tan remotos si quien está hablando sigue vivo.

Cuenta mi madre cuánto le impactó una visita que hicieron a la familia de mi padre. No sé si unos tíos o tíos segundos o cuál era el parentesco, vivían en aquel pueblo de la provincia de Álava y tenían entre sus hijos uno “especial”. Lo tenían encerrado en un lugar como si fuera un animal. “Lo tenían como a un cerdo”, señala mi padre, con el tono de quien cuenta algo que vio pero sin tono de juicio. A mi madre todavía se le remueven las entrañas al contarlo. Como los niños salvajes, que no desarrollan sus habilidades lingüísticas por la falta de contacto humano, aquel chaval no llegó a hablar.

Llevo días pensando en aquel ser, entre aquellas cuatro paredes, en aislamiento vital. ¿Cómo sería su día a día? ¿Cómo comería? ¿Estaría atado? ¿Qué sentiría? ¿Cómo se sentirían sus padres, especialmente su madre? ¿Quién le llevaría la comida? ¿Cómo y dónde haría sus necesidades? ¿Qué habría llevado a la familia a dejarlo allí encerrado? ¿Cuál sería la vivencia de los vecinos que conocieran esa situación? ¿Le habría atendido alguna vez un médico? ¿Cómo habría muerto (porque supongo que habrá muerto)? ¿Habría tenido algún vínculo afectivo especial con alguien? ¿Pasaría miedo? ¿Desesperación? ¿Habría algo que le hiciera más llevadera su vida?

Y saltando de aquel pobre desgraciado siguen las preguntas: ¿Habrá en esos momentos, aquí, allá, más allá, en cualquier lugar del mundo una persona que viva en similares circunstancias? ¿Habrá una familia totalmente desbordada porque uno de sus miembros es “especial”? ¿Seguirá el terrible sufrimiento? ¿Sentirán soledad y abandono y un “búscate la vida, es tu problema”? ¿Será por todo esto que se quiere detectar cuanto antes todo lo detectable que se sale de “lo normal” para no dejarle paso a vivir entre nosotros?

Por mucho que nos creamos una sociedad avanzada, abierta a la diversidad, solidaria con las discapacidades y problemas de salud mental… ¿es realmente así?

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