Esa reserva salvaje


Foto de Bas Oosterwal en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Él se llamaba Fidel y yo le conocía del grupo scout. Las tardes de los miércoles nos juntábamos en aquel viejo local del cine Eslava, hoy ya desaparecido. Aquel local con olor a tiempo pasado, carbón y humedad donde jugábamos y lo pasábamos realmente bien. Allí las amigas del cole y los amigos del grupo disfrutábamos. Allí surgían excursiones de fines de semana en casas de pueblo tan básicas que no tenían ni baño, lo que no nos suponía problema porque sí tenían una vieja cuadra. Hoy estas casas seguro que estarían prohibidas por carecer de condiciones. Lo mismo que aquellas calles embarradas donde se hundían nuestras botas hasta el tobillo y se nos creaba una plataforma de barro bajo los pies que hacía nuestro andar especialmente pesado, pero lo vivíamos como parte del juego. Allí surgían los campamentos de verano en tiendas de campaña que pasaban de generación en generación, con sus vértices rematados por media patata (remedio-pararrayos casero y a nuestro alcance) y descubríamos lo poco que necesitamos, en el terreno material, para sentirnos felices: el campo y las montañas, el río donde asearnos y limpiar nuestros cacharros, los amigos y, por la noche, una buena hoguera, las estrellas y un refugio para descansar.

Tiempo de juegos. Tiempo de niñez. Fidel era mi novio entonces y nuestro noviazgo consistía en que él venía por las tardes al patio de nuestro colegio (era un colegio de chicas) y jugábamos. Y de los juegos en realidad solo me acuerdo de uno: yo estaba sentada en el columpio y le pedía a Fidel “¿me das?” y entonces él me daba. Me daba impulso y yo subía por lo alto lanzando las piernas adelante y atrás . Y así estábamos tan contentos. Ese era nuestro juego. Ese fue nuestro “noviazgo”.

El día que tontamente se nos ocurrió decir en el scout que “éramos novios”, con una alegría infantil desbordante y una chispa ilusionada y risueña en los ojos, pero sin darle la mayor importancia a esa frase, nos encontramos con LA CENSURA en una frase que dijo una de las monitoras: “No juguemos a ser mayores, ¿eh, Susana? ¿eh, Fidel?” Lo dijo mirándonos primero a una y luego al otro. Y esa simple frase fue el comienzo del fin de la inocencia. Sentí vergüenza, corrección, reprobación…. Y rabia. Entonces no sabía explicarme ni explicar todo aquello, ni era capaz de contárselo a nadie.

Así, sin saber qué hacer con ese malestar, al llegar a casa cogí mi libreta y dibujé a la monitora desnuda y de su cuerpo salían unas cuantas bolas que eran sus cacas. En otro papel dibujé a su novio también desnudo y con el mismo tipo de bolas cayéndole al lado. Metí los dos papeles en el fondo de un cajón, debajo de la ropa y así zanjé el tema. Fue mi pequeña venganza.

Pero lo que sí reconozco ahora, es que aquello y supongo que más vivencias que no recuerdo me llevaron a vivir ocultando mis sentimientos, atesorándolos en una habitación oculta con un cerrojo bien fuerte. Y a lo largo de los años, a veces ajena a todo ello, a veces escuchando sus golpes pidiendo salir de ahí, a veces sin saber qué hacer, a veces probando a abrir la puerta… hasta dar con la llave del candado: seleccionar los momentos y las personas con quienes dejar la puerta abierta. La puerta de la reserva de la vida libre y salvaje.


Foto de Michael Dziedzic en Unsplash

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