Me escribió una carta

Foto: autoareta.com
Texto: Susana Aragón Fernández

¡Quién me iba a decir esta mañana lo que me iba a encontrar! ¡Ha sido una de esas sorpresas que te dejan con la boca abierta y el corazón alegre y ancho para una buena temporada!

Como todos los días, muy temprano, he entrado al taller de reparación de coches y he coincidido con algunos compañeros que llegaban también puntuales. Cada uno nos hemos ido yendo a nuestra sección dispuestos a empezar la jornada.

Lucho, con quien llevo trabajando mano a mano desde que entré al taller y que ha sido una especie de “padre” para mí, me ha dicho que a media mañana tendría que irse un rato porque tenía visita médica para lo de la colonoscopia que tenía pendiente. Teníamos varios coches pendientes de terminar, del día anterior, de los que llegaron a últimas horas.

El Peugeot del kit de distribución ya está protegido con los plásticos y ya han llegado la correa y los tensores”, me ha dicho. “El de Pili, la de contabilidad, está en el elevador nº 2 para hacerle la revisión y mirar las dos ruedas delanteras, que están para cambiar”.

A lo largo de la mañana nos han ido llegando nuevas órdenes de reparación: un Scénic que mete ruido al arrancar, un Golf al que se le enciende el testigo del airbag sin más ni más, el Clio que tira anticongelante en la parte delantera izquierda del motor…  

Hoy ha sido un día de mucho, mucho trabajo y me estaba agobiando pensando en que Lucho tendría que faltar un buen rato. Cuando estaba cambiando el conjunto del embrague del Cactus rojo he levantado la cabeza y la he visto llegar. Desde esa distancia me ha resultado familiar y he agudizado la vista. Era ella, sí. Habrán pasado 15 años desde la última vez que la vi. Pero estaba claro que era ella. Sus movimientos, menos contundentes, más suaves, quizá. Un poco más encorvada, también.

Me he acercado, como si fuera al servicio, para verla de cerca. Al pasar a su lado, la he mirado y ella también me ha mirado. “¿Eres Antón?”, me ha preguntado. Y yo le he dicho “¡Natalia!”. Y en sus ojos había el mismo brillo de complicidad de hace años. Así, sin mucho pensar, nos hemos dado un abrazo, de esos que pasan muy pocas veces en la vida. Sin calibrar si es conveniente o no, si hay manchas en el mono de trabajo o no…

Natalia fue mi maestra durante un curso. En clase debíamos ser bastante gritones porque ella solía decir “¡Vale de gritos: No estamos entre cabras, estamos entre persona!s” y yo siempre dudaba si alguien le habría contado de mí, de mis tiempos de niño entre los campos con mi tío Alexandru y su pequeño rebaño de ovejas y cabras. Comíamos pan, queso y tocino. Y luego, con mi madre y mi hermano por las calles de Bucarest, aprendimos a pedir dinero haciendo monerías a la gente que veíamos bien vestida y con zapatos brillantes. Aquello queda muy muy atrás. “¡No estamos entre cabras!”, qué gracia me hacía.

Al llegar a casa le he contado este encuentro a mi mujer. De repente me he acordado y he corrido a enseñarle algo que guardo desde que era aquel niño: una pequeña carta. El día que Natalia se despidió de nosotros nos dio un paquetito a cada uno con unas chocolatinas, un juego de hacer pompas de jabón y una pequeña carta:

Querido Antón: me gusta mucho cuando sonríes y te muestras alegre. También me gusta cuando colaboras y te concentras en lo que estamos trabajando en clase. Eres un buen chaval. Coge buenas costumbres desde ahora: dormir lo suficiente, descansar, desayunar, hacer las tareas del colegio y déjate guiar por los profesores. ¿Te imaginas que de aquí a unos años llegas a ser mecánico y un día eres tú el que me arregla el coche? Para eso no hay tiempo que perder. Tienes buena cabeza, así que si pones interés y te empeñas llegarás a conseguirlo y serás un buen mecánico. Aprovecha el tiempo y aprovecha los buenos maestros y maestras que tienes en el colegio para sacar lo mejor de ti.

Me despido animándote a estudiar todos los días y con un gran abrazo

Natalia, maestra

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