Ella se lo comió


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Texto: Susana Aragón Fernández

Nuestra maestra de este año se llama Marisa. Es nueva en el colegio y en cuanto la vimos aparecer creímos que “nos la  merendaríamos”, tan menuda y tan poca cosa nos pareció. Pero en cuanto nos miró y nos habló, esa primera impresión se vino abajo.

Marisa es pequeña y grande a la vez: pequeña porque su cuerpo es pequeño (cualquiera de nosotros es más alto que ella, cualquiera abulta más). Pero tiene un nosequé que la hace grande. Nos mira a la vez con buenos ojos y con ojos firmes, vaya, que te sientes a la vez querido y exigido. Sabes que está de tu parte, pero a la vez, no te puedes dormir en los laureles por ello, porque hay algo en ella que te pide colaboración, tareas, participación, interés… y sucede algo tan mágico como que queramos complacerla, por muy trastos que seamos. Y en clase hay bastantes trastos. Algunos, en alguna ocasión se acercan a la maldad, aunque suene duro decirlo así.

En el recreo aprovechamos para almorzar y charlar de nuestras cosas. Algunas veces también jugamos, aunque las menos. Ya nos vamos haciendo mayores y vemos el jugar como más de niños. ¡Es que ya estamos en 6º de Primaria! Pues eso, mientras almorzamos, hablamos y nos reímos. Yo suelo llevar un bocadillo que me prepara mi madre por las mañanas con pan que sobra del día anterior. Otros compañeros compran su bocadillo en la tiendica del señor Vicente, que está al lado del cole. Ahí venden bocadillos con pan del día. Es más caro que llevar el bocadillo de casa, pero hay quienes los compran ahí. El señor  Vicente tiene variedad de bocadillos y variedad de panes. No sé por qué, nadie le llama Vicente. Todos le dicen “el señor Vicente”.

Mi compañera Noelia (nombre falso para que no se enfade conmigo) siempre lleva el bocadillo del señor Vicente. Siempre elige pan de baguette, con chorizo, queso, jamón… va variando lo de dentro,  pero siempre en pan de baguette.

Pues justo el otro día cuando íbamos a ir al recreo, Noelia descubrió que en vez de pan de baguette le habían puesto pan normal. Se enfadó bastante. Volvió a ponerle el papel de aluminio  y lo tiró a la papelera. Marisa en ese momento estaba hablando con Luis, el profe de música, que había venido a darle un recado. Pero ella se da cuenta de todo, aunque no esté mirando y ¡zas! Descubrió el bocadillo en la papelera. “¿De quién es?”, preguntó. Pero todos los de clase callamos. Marisa no insistió. Cogió el bocadillo de la papelera, lo desenvolvió y se lo comió delante de nosotros. “¡Marisa, jo, no te comas ese bocadillo que ha estado en la basura! , le suplicábamos. Y ella, como si no hubiera oído y sin decir nada más, nos dio una de las grandes lecciones de nuestra vida: la comida no se tira, no se desprecia.

Muchas lecciones están en los libros, enciclopedias, internet, manuales… muchas lecciones son difíciles de entender y pesadas de aprender. Y  algunas lecciones llegan por sorpresa: se entienden sin esfuerzo y dejan una huella para toda la vida, como la que nos dio Marisa comiéndose el bocadillo. ¡Vaya con nuestra Marisa!

¿Alguna vez has vivido algo parecido? ¿Quieres compartirlo en un comentario? Si leyendo esta entrada u otras de las entradas anteriores te acuerdas de alguien y crees que les gustará leerlo, no dudes en enviarles el enlace y la invitación a SEGUIR el blog. ¡Gracias!

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