Los garbanzos del abuelo

deryn-macey-508324-unsplash - fragmentoPhoto by Deryn Macey on Unsplash (recorte)

Texto: Susana Aragón Fernández

Los abuelos comen como si se les fuera la vida en ello. Siempre tienen apetito y dejan el plato tan limpio como si acabara de ser fregado. Dejan limpios también todos los huesos de todo lo que comemos: huesos de pollo, de costillas de cerdo… ¡hasta los huesos de aceitunas! Ni rastro de salsa por ningún lado porque ellos se han encargado de rebañarlo todo muy bien. Si existiera la profesión de “rebañador”, ellos serían los mejores profesionales.

Los abuelos nunca tiran la comida. Siempre encuentran una utilidad para algo que queda: si sobra algo de pollo la abuela lo aprovecha para hacer croquetas; con la carne que utiliza para hacer sopa hace una fritada exquisita; el pan que queda de un día para otro lo comen como tostadas o hacen torrijas crujientes y riquísimas y el que queda de varios días y está muy duro acaba siendo machacado en el mortero por el abuelo y así consiguen el pan rallado. Todo tiene una segunda vida, ¡es increíble la de ideas que tienen con tal de no tirar ni rastro de comida!

Los abuelos vivieron tiempos duros, tiempos de posguerra, tiempos de escasez y hambre. No podíamos creer lo que el otro día nos contaban. Hablaban de un viejo oficio, el del sustanciero, que hace muchos años se encargaba de ir de casa en casa con un hueso de jamón y cada familia “alquilaba” ese hueso durante un tiempo para hacer su comida. Pagaban unas monedas y el hueso permanecía el tiempo contratado en la perola de cada familia. ¡O sea, un hueso que alimentaba a todas las familias del pueblo! Nosotros, que hemos vivido con los supermercados llenos de productos, las fruterías, carnicerías… a nuestra disposición, no podíamos creernos algo así. Contaban que el sustanciero se anunciaba a viva voz por las calles, como ahora alguna vez escuchamos al afilador. “¡Ha llegado el sustanciero! ¿Quién quiere sustancia para el puchero?”

Es muy curiosa la anécdota que cuenta el abuelo de cuando él era jovencito. Dice que su padre, o sea, mi bisabuelo, se puso de acuerdo con uno del pueblo de Tajonar, donde vivieron por un tiempo, para que le dejara una finca para plantar garbanzos. Esa finca se veía desde el pueblo y día a día miraban cómo crecían las plantas. ¡Algún día tendrían una buena cantidad de garbanzos! Día a día cuidaban las plantas, las visitaban y soñaban con los garbanzos que iban creciendo y que algún día llegarían a sus platos. Un día, cuando ya estaban a punto de ser recogidos, se llevaron el gran disgusto de ver que estaban todas las plantas arrancadas. “¿Dónde están nuestros garbanzos?” Dice que “los mangantes” habían dejado un rastro de plantas. Siguieron ese rastro y encontraron una acequia con unos fajos de plantas enteras todavía con los garbanzos sin desgranar. Siguieron y en otra acequia encontraron los garbanzos ya recogidos por un lado y las plantas por otro. Y en otra ya tenían preparados los garbanzos para llevárselos.

Unos cuantos del pueblo, al ver aquello, subieron a la finca, con escopetas y todo a esperar a los mangantes que en cualquier momento volverían para terminar la faena y llevárselo todo. Era un día de verano. El resto del pueblo salió a las eras para estar al tanto de lo que pasaba. Todos estaban expectantes hasta que de repente vieron a tres o cuatro tipos que se acercaban al pueblo por la carretera. Cuando éstos vieron que había bastante movimiento por el pueblo, decidieron darse la vuelta. Alguien del pueblo les gritó algo y los mangantes sacaron una pistola y tiraron unos tiros, que por suerte no dieron a nadie. Así acabó la historia. “¿Entonces recuperasteis los garbanzos?”, pregunté a mi abuelo. “¡Qué va, ¿no ves que ya se habían llevado un montón y quedaban los que no les dio tiempo de llevarse? ¡Eran tiempos duros! ¡Qué mal se andaba de pan y de todo! Fíjate cómo estaría la cosa, que, una vez que se había hecho la recolección de las habas, del trigo… y habían pasado las fiestas, los de Pamplona iban a recolectar lo que había quedado por allí, sobre todo las habas. Si habían caído media docena de habas, las cogían”

Esa historia me ayudó a entender cómo valoran ellos la comida, cómo la veneran y no se les ocurre malgastarla ni tirarla. El final del relato llegó cuando estábamos terminando de comer una paella en familia. Eché una ojeada a los platos: mi tía Ana se había llevado su propia comida, porque hace una dieta especial y tenía algunos restos de verduras; mi padre había apartado de la paella todos los guisantes y los trozos de panceta; mi madre había dejado los chorizos en la orilla del plato; mi prima Sonia que es vegetariana hace unos meses, también se llevó su propia comida; mis primos pequeños habían apartado de la paella todos los tropiezos y mi tío Mario y yo teníamos en el plato unos huesos de pollo con bastantes restos de carne. Los únicos que tenían el plato sin un resto de nada, ni un grano de arroz y unos huesos totalmente limpios eran los abuelos. Después del relato me propuse imitarles y dejé el plato limpio, sin un rastro de nada. Desde hoy yo también soy “rebañador”.

gaston-roulstone-473478-unsplashPhoto by Gaston Roulstone on Unsplash

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