Una varita mágica


Foto de Ethan Hoover en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

La madre de Lina (nombre ficticio) ha creado un juego con tarjetas. Lina (9 años) lo trae emocionada al colegio con la ilusión de poder jugar en clase. Me lo presenta, lo veo con ella, paso las tarjetas y ella me pide jugar a ese juego. Lo tengo en cuenta y el viernes, en la última sesión, cuando ya hemos terminado lo que nos habíamos propuesto realizar, dedicamos un rato al juego de la madre de Lina. La niña sale a dirigirlo con sus tarjetitas en la mano. Contamos cómo va el juego y aclaramos que somos libres de participar o no, ya que son preguntas: nadie está obligado a contar nada que no quiera. Quien quiera compartir algo debe pedirlo levantando la mano y Lina le dará paso.

Primera tarjeta: “Cuenta algo que no hayas contado a nadie”. Aquí insisto en que nadie tiene que contar si no quiere y que nadie se burla de nadie ni de lo que cuenta. Sorprendentemente, varias manos se levantan y cuentan: “Tengo dos novias en mi pueblo”, “De muy pequeña, estaba el baño de casa ocupado y no me aguanté y me cayó la caca por el pantalón”, “Mi madre no me dejaba coger unas galletas, pero cuando se fue me subí a una silla y las cogí”, “Tengo siete novios”… Comentarios que se acogían con risas y agrado y animaban a más manos en alto para seguir contando.

Segunda (y última tarjeta por el momento porque se nos acabó el tiempo): “Si tuvieras una varita mágica, qué te gustaría hacer aparecer y qué te gustaría hacer desaparecer”. Les costó más entender a qué se refería pero enseguida se animaron: “Me gustaría hacer aparecer a mi abuelo Pedro”, “A mí, a mis abuelos”, “A mí, a mi abuela Elena”, “A mí, a mis perros”, “A mí me gustaría hacer aparecer a mi perra Luna y a mi gato Pol”, “A mí, a mi tía Maribel y a mi abuelo”, “A mí me gustaría hacer aparecer a mi abuelo Lope y a mi abuela Celia”, “A mí, a mis abuelos”… Nadie quiere hacer aparecer ningún juguete, ningún objeto, ninguna posesión, solo quieren volver a tener cerca a quienes les dieron cariño y amor, volver a pasar un día en su compañía, cuando el mundo resultaba completo y lleno a más no poder.

Esas añoranzas se me contagiaron y me llenaron de ternura y por dentro también quise volver a estar aunque fuera solo un día con mi madre, con la abuela Juanita, con la Concha, con mis cuñados Isabel, Carlos, Laura, Tatín, con mi primo Juanjico, con la abuela Jesusa, con la tía Merche y el tío Joaquín, con los tíos Juan, Claudio, Jesús, con Santi, con Javier (¡ay, Javier!).

Ya dijo el poeta:

“Todo pasa y todo queda,

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar”

(Antonio Machado)

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