La «ancianita» del hacha

Pasa ya de los 90 años, aunque los lleva de manera muy airosa, a pesar de caminar apoyada en su andador, siempre acompañada de su perro fiel y lanudo con mechones a blanco y negro. Elur, se llama. Dicen que ese perro es lo más parecido que se ha visto a la reencarnación de una persona, una buena persona, quizás hasta santa. Porque reconoce los distintos estado de ánimo de su dueña, reconoce las palabras en cada contexto, sabe esperar cuando hay una enfermedad o su dueña sufre algún dolor o un día terrible. Es un animal que ha superado el egocentrismo que mucha gente no supera ni en toda una vida: sabe quedarse en un segundo plano, consciente de que su labor en este mundo es apoyar a esa señora que es su vida, su familia y a la que quiere con locura.

De par de mañana salen a pasear por la zona de la Nogalera. A mediodía, dan una nueva vuelta por las inmediaciones de su casa. Y por la tarde, otra vuelta más cuando la tarde ya va declinando.

Ella se llama Miren y siempre se ha llamado así. En su carnet pone María Luisa, pero ella ha sido siempre Miren y nunca ha hecho problema de ello ni se ha quejado de tiempos antiguos ni de represiones que le rodearon. Miren y ya está. Los años no le han quitado su energía, siempre ha sido garbosa, con un genio vivo y un humor plagado de anécdotas donde cuenta la estupidez humana. En esas anécdotas aparece ella, como observadora y partícipe de un suceso donde quedan patentes comportamientos tan actuales como ridículos de esa sociedad que dista tanto de la que conoció de joven.

La última anéctota tiene que ver con esos paseos que viene dándose día a día, semana a semana, mes a mes… Hace ya años, en un campo cercano al río Arga se fijó que estaba naciendo un arbolito con cuatro troncos finos. Le hizo gracia y le hizo acordarse de sus cuatro nietos y así en cada paseo llevaba una botella de agua para el arbolito. Todos los días lo ha ido regando, quitándole las malas hierbas y velando por él. Con los años se ha convertido en un gran árbol, con cuatro troncos fuertes pegados entre sí, que en verano se llena de unas guindas que resultan deliciosas para la comunidad de jilgueros, petirrojos, verdecillos, herrerillos… que juguetean por lo alto. Y ella continúa regándolo.

Durante una temporada alguna persona durmió bajo sus ramas (había cartones y llegó a haber hasta un colchón… a fin de cuentas era un terreno público) y un día nuestra Miren encontró unas ramas de su árbol quemadas. Seguramente alguien quiso calentar alguna noche fría con un fuego que se le fue de las manos. El incendio no fue a más, pero algunas ramas quedaron ennegrecidas y chamuscadas. Y ella seguía regándolo. “Voy a tener que hacer algo con estas ramas quemadas”, se decía. Y daba vueltas a su pensamiento en busca de la solución.

Un día se puso a rebuscar en la caja de herramientas de su Claudio (“que en paz descanse”) y encontró una pequeña hacha que vio perfecta para su cometido. Decidió meterla en su andador para sanear el arbolito. Allí se fue y empezó a hacer esa operación. La gente que la veía desde el camino, asustada (¡una viejecita con un hacha, socorro!) llamó al ayuntamiento y rápidamente se personó un trabajador municipal y con bastante precaución (¡a ver si me va a atacar!) se acercó con intención de ver qué estaba pasando.

  • “¿Qué, ya ha ido alguna alcahueta a deciros que estaba aquí, no?”, empezó ella antes de que él dijera nada.
  • “Señora, ¿qué está haciendo aquí con esa hacha?
  • “Este árbol es mi árbol porque yo lo he criado y estoy intentando quitarle las ramas quemadas ¿no las ve?”
  • “Pero, señora, no puede usted hacer eso”
  • “¿Cómo que no puedo?, claro que puedo, porque esta tierra es tan mía como suya y yo, ya le digo, he criado a este árbol y alguien le ha quemado unas ramas. Hay que sanearlo, ¿no lo ve usted?”

Cada objeción era rebatida con ligereza y firmeza por esa “ancianita” viva y salerosa y finalmente el trabajador municipal tuvo que retirarse comprendiendo las razones de la señora y sintiéndose repentinamente sin gota de autoridad ante tales argumentos.

No sabían quién era esta Miren: es la que de jovencita (sobre los años 50, cuando se estilaba otro prototipo de mujer) bajaba la Cuesta de Beloso en bicicleta, con los pies en el manillar. Es la Miren que bailaba y bailaba en las fiestas riendo sin parar. Es la que se subía a los árboles de la Nogalera en las tardes adolescentes. Es la que un día cogió un barco y se fue a Argentina, donde nacieron sus dos hijos. Es la Miren sin miedo a nada, la que se pone el mundo por montera y la que cuidó a su marido en casa encargándose de los cuidados paliativos ella misma hasta el último día: inyecciones, desvelos, toda una enfermera sin haber estado nunca en una facultad.

Usted no sabe con quién está hablando.

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