
Fotografías y texto: Susana Aragón Fernández
Desde que murió nuestra madre me he ido ocupando de las plantas de interior que ella cuidaba con amor. Así, cada año siguen floreciendo las dos orquídeas que miran a la terraza desde la ventana de la cocina. Aparecen de repente y son un guiño de ella, una permanencia… Sus viejas compañeras del día a día hablando por ella, embelleciendo el lugar donde ella pasó sus últimas horas.
Las plantas de exterior han tenido un poco menos mimo por mi parte y algunas, ya estando ella, estaban para retirar (ralas: largos tallos con unas pocas hojas en su extremo), pero a ella eso de retirarlas nunca se le pasó por la cabeza en su total capacidad de aceptación de las cosas tal como son. Esta temporada he ido retirando esos pequeños arbustos ralos para dedicar el máximo de atención al resto de plantas y flores. Hemos plantado también unos pequeños brotes de tomates y de guindillas, en búsqueda del posible disfrute de nuestro padre ejerciendo de jardinero y quizá también de sus nietos más pequeños, y por descontado, para mi propio entretenimiento.
El rosal de rosas diminutas que parecía muerto lo traje a casa y en el balcón, tan recogido del viento norte, enseguida se animó y sacó dos nuevas ramas. Hace pocas semanas nos regaló unas rosas de un blanco rosado chiquitinas de aroma muy fragante. Otro guiño de nuestra madre.
Acabo de percatarme de algo que, sin mayor reflexión previa, estoy haciendo en su terraza: he ido eliminando las plantas con pinchos. Son preciosas, sí, pero preciosas en el campo, en el monte. Para una terraza, para una convivencia armoniosa… ¡nada de pinchos! ¡Nada de rasguños, espinas clavadas, arañazos… ni nada por el estilo! ¡Se acabó! En su lugar estoy trasladando discretos y sufridos frutales que nuestra madre tenía en jardineras no demasiado grandes, las típicas jardineras de geranios de los alféizares de las ventanas. Un generoso melocotonero con su fruto creciendo aun sin espacio ni tierra ha ocupado ahora la jardinera donde estaba el acebo. Al acebo lo hemos despedido. Otra planta para mí desconocida, pero muy llena de pinchos ha dejado lugar a una hermosa dipladenia de intenso color fucsia que alegra la vista de mi padre, sentado desde su butaca.
El rosalito está exento de esta operación antipinchos por ser quien dio la última flor que vio nuestra madre. Una última rosa blanquecina pequeñita de final del verano. Así se lo contó nuestra madre a Marianna, la mujer que les ayudaba con la limpieza un día a la semana y que a su vez me lo contó tras el fallecimiento.
Pienso en la vida, en el día a día, no quiero malos modales, ni insultos, ni enfados, ni quejas, no quiero golpes, ni zapatazos, ni patadas en el culo, no quiero celos, ni envidia, no quiero sarcasmo, ni ironía, no quiero discusiones, ni llevar razón…. Solo quiero dulzura, cortesía, alegría y risas, bálsamo, armonía y música, cuidados, delicadeza y paz.
Quiero que mi alma se convierta en un alma de golondrina, ligera, risueña y cantarina por los aires, alegre y divertida.
Quiero embriagarme de primavera y revolotear con mis compañeras, quiero emborracharme con las flores de aligustre y madreselva.
Quiero ser una duna del desierto absorbiendo el calor intenso.
Quiero ser esa tierra donde han arrancado un árbol viendo cómo el hueco que ha dejado se llena de semillas y de pequeños brotes.
Quiero danzar en el viento como el junto de la ribera sintiendo el agua de lluvia resbalando por mi tallo.
Quiero descansar en los brazos de Dios acariciada por el aroma de los pinos y la lavanda.
Quiero escuchar su voz amorosa diciendo: “cuidado, no la dañen, apártense, esta es mi niña, que está durmiendo”

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