Magia y poesía del fútbol

Foto de Nikola Tomašić en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

A Mika le gusta mucho el fútbol. Tiene 11 años y hasta el año pasado jugaba en el club de su barrio. Sus padres, entregados y a la vez disfrutando de su vitalidad, le seguían a todos los partidos. Los padres de los compañeros alababan el arte de Mika, el arte de sus pies con el balón. Cuando había partidos de los equipos de primera, los seguían en casa con pasión y también de vez en cuando iban al campo del F.C. Union Berlin. El fútbol se había convertido en uno más de la familia, uno que les daba constantes alegrías y entretenimiento.

En septiembre, durante un partido, un tipo se acercó a sus padres y estuvo hablando un buen rato. Mika no sabía quién era aquel señor y al terminar de jugar, después del paso por la ducha y de despedirse de sus compañeros, supo por sus padres que ese señor había ido a ofrecerles jugar en otro equipo “mejor”. Al principio se sintió halagado, pero enseguida le entró la duda, ya que ese paso supondría dejar a sus compañeros con los que llevaba desde los 8 años. Tampoco sus padres lo tenían muy claro y dejaron “reposar” el tema, ya que veían ventajas e inconvenientes.

Un fin de semana que pasaron con los abuelos maternos, cuando el abuelo se enteró de la oferta que les habían hecho, se entusiasmó muchísimo, quizá ya imaginando ser el abuelo del gran futbolista del momento dentro de unos años. Que no perdía nada por probar, que era una oportunidad, que qué alegría, que qué bueno que se reconocieran las habilidades de su nieto…. Bueno, que finalmente decidieron que probarían y si no le convencía, ya volvería a su equipo de siempre.

Entró en el nuevo equipo donde no sintió una acogida ni nada, le pareció que ahí no era nadie, con una disciplina mucho mayor de la que estaba acostumbrado, y cierta competitividad entre compañeros que le hacía sentir muy mal. No sentía la alegría del fútbol como hasta ahora la había sentido. Así que cada tarde de entrenamiento le costaba más y más preparar su bolso, ponerse a ello, se daba cuenta de que casi prefería ponerse a estudiar y estar tranquilo, por no tener que aguantar ese cambio que estaba viviendo.

Así que, después de unos meses, terminó dejando el equipo y teniendo un estupendo tiempo libre del que hasta ahora no había disfrutado. Esto le permitió leer los cómics que tanto le gustaban, leer los libros que quería, crear maquetas… y aprender recetas de cocina en casa con su padre (primeros platos) y con su madre (segundos platos). Descubrió una nueva tranquilidad de vida.

Un día llegó a Berlín su “abuela española”, con un grupo de amigos y fueron a dar un paseo por el canal de la ciudad. Era una tarde de abril soleada y pacífica. Los berlineses salieron al sol después del duro invierno y, como los lagartos, se dejaron caer en todos los rincones con hierba de la ciudad. A Mika le compraron un helado que fue rechupeteando con deleite. Y en un momento su “abuela española” le comentó que uno de los amigos del grupo era muy aficionado a Osasuna. El niño entendió que era un antiguo jugador de Osasuna y su cara resplandeció mirando a ese hombre con pelo un poco canoso y con gafas, una cara apacible que él imaginaba metiendo goles en su juventud. No pudo contener su alegría y se lanzó en brazos del hombre que acogió el gesto un poco confundido y alegre a la vez porque la alegría del niño era de las que se contagian, quieras o no. Quizá se había imaginado que era una estrella del fúlbol… Y llegaron las aclaraciones: solo era un gran aficionado. Pero al niño le dio igual y siguió mirándole con admiración y complicidad.

Entonces, no todo son insultos al árbitro, gente que grita, peleas por los resultados, derroche de testosterona… a veces el fútbol tiene magia (¡un niño alemán aficionado a Osasuna!) y poesía (la luz del momento en los ojos del niño y del adulto mezclada con la luz del atardecer a orillas del canal).

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