Tiempo de parar, tiempo de callar

Foto de noel o’shaughnessy en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Cuando al abrir el buzón encuentro una carta con la palabra “afonía” significa que ha llegado el momento de callar: que sean otros quienes se pronuncien, otros quienes ocupen el tiempo de la conversación, otros que digan, cuenten, interroguen, describan… otros, y a mí me toca callar, observar, escuchar… reflexionar.

Cuando a los dos días de la afonía encuentro un paquete en el buzón y dentro las letras de las palabras “metatarso” y “rotura” es que ha llegado el tiempo de pararse, de echar el freno, de hacer las cosas de una en una y cada una de las acciones ha de ser muy bien pensada y calculada. Sin prisas, sin aturullarse… en un ritmo lento, muy zen y a la vez, muy esforzado.

En esas circunstancias el pasillo de casa retumba hueco, lo mismo que la entrada y las habitaciones. Las cajas de cartón que Ana en la panadería amablemente me fue guardando previamente a la reforma, esperan por los rincones de la casa mientras la ciudad se ilumina, preparándose para las fiestas de Navidad. Días de comidas entre compañeros de trabajo, cenas de empresa, encuentros con muchas ganas después de dos años de amagos y simulacros de lo que esas situaciones eran antes de la pandemia.

Hoy pruebo la vida desde el desnivel de una silla de ruedas. Para algunas personas no existo porque no estoy en su campo de visión y pasan a mi lado siguiendo el camino de sus pensamientos. He perdido forma y color, como si me hubiera empezado a convertir en una figura semi-transparente en camino hacia la transparencia total. En cambio hay personas para las que no solamente existo: puedo descubrir en sus miradas un chispazo de compasión, de respeto y de ganas de ayudarme, como si hubieran vivido algo así y supieran del dolor, de la pérdida, como su supieran del frío que se instala en las piernas por haber perdido su movimiento habitual.

Y pienso en la abuela Juanita, en sus últimos años confinada en una silla de ruedas. Bajando escalones día a día, perdiendo capacidades en una caída en picado de cuatro años. ¡Lástima no haber masajeado más sus piernas secas y frías!, ¡lástima no haber acariciado más sus manos deformes al final de su vida! ¡Lástima no haber sido una nieta zalamera y encantadora! Me consuelo pensando en la alegría de tantos momentos compartidos: tumbadas juntas en su cama viendo en la tele el programa “Lo que necesitas es amor” (“mira, ese corte de pelo que lleva Isabel Gemio es bien bonito”), el rato del mediodía con mi bebé de entonces, comiendo comida batida bisabuela y bisnieto, los paseos por el barrio descubriendo las zonas más resguardadas del viento: la calle más protegida y soleada, las canciones al ritmo de la guitarra “y allá en el otro mundo, en vez de infierno encuentres gloria y que una nube de tu memoria me borre a mí”.

Dice Qohéleth: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” Tiempo de nacer, tiempo de morir, tiempo de llorar, tiempo de reír, tiempo de sembrar, tiempo de recoger lo sembrado…. Tiempo de parar, tiempo de callar.

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