Después del vertedero


Photo by Tommy van Kessel 🤙 on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Nos acabamos de conocer. Es un niño. “Yo nací en un vertedero”, cuenta. Así, tan fresco. Chiquito, con sus ojos oscuros y vivarachos. Tendrá unos seis años. Aunque la frase me ha impactado, pregunto sobre las circunstancias, lo mismo que si me hubiera contado cualquier otra cosa, como si me hubiera relatado que había sido su cumpleaños el día anterior. “Sí, me recogieron de la basura”. “¿Así que tus padres son tus padres adoptivos?”, dice la niña que también está en la conversación, y pregunta con confianza y naturalidad en la edad en que todo es posible y no hay crítica ni juicio. “”, dice él sin un afán de nada, ni de protagonismo, ni afán de sorprender. Más bien se trata de una transparencia que no puede evitar. Es un niño limpio, luminoso. Seguramente la vida se ocupe de pintarlo con sus capas para hacerlo primero translúcido y luego opaco. O no, ¿quién sabe? Pero de momento desprende luz y cuenta su origen con una chispa en los ojos, diría que el mismo brillo con que contaría, si fuera el caso, que había nacido en un palacio. Pero no: nació en un vertedero de un barrio marginal de una bonita ciudad y para él solo existe su vida después del vertedero (DV). Antes del vertedero (AV) no existe en su cabeza. DV empieza con esas manos amorosas que lo rescataron de una muerte inminente. Su vida empieza con esa persona de gran cuerpo y más inmenso corazón que se enterneció al descubrirlo tan solo, tan poca cosa, tan necesitado. AV no existe. Quizá más adelante piense en ello. Hoy en su cabeza y en su sentir todo tiene sentido a partir de aquel momento que les unió DV.

¿Cuánta vida esconden los vertederos? A veces son nuestros brazos los que se alzan y nuestras piernas las que patalean para que alguien nos recoja y otras veces nos toca recoger esos bracitos que suplican impetuosos luchando por vivir.

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