Tus besos y tus mimadas


Photo by Kelly Sikkema on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

La tía Lina cocinaba todo el día, aprovechando todo lo comestible y transformando un alimento en múltiples recetas, con tal de no tirar nada: el pan convertido en torrijas, la carne de la sopa convertida en croquetas, el atún convertido en empanada… Cuenta que de niña una vez probó el plátano y le encantó. Fue un plátano repartido entre todos los hermanos y fue algo glorioso, una auténtica delicia para el paladar en aquel mundo de limitaciones y racionamiento. Tiempos de correteo y de saltar muros si hacía falta para hacerse con unas ciruelas o unas manzanas. Tiempos de ansiar los frutos del campo: las moras, las peras del huerto de Pedro, los higos, las castañas, las nueces y las avellanas. Pero nada de plátanos por esta zona.

Pasaron muchos años hasta que los plátanos podían encontrarse en las fruterías y algunos años más en poder llegar a comprarlos. Cuando llegó este momento ya nunca faltó un plátano en su casa. Todos los días ese ha sido el postre de la tía Lina. Hasta ahora, que pasa de los 80. Sus hijos, de chiquitos, la costumbre del plátano diario la vieron como algo natural hasta que llegó el día en que descubrieron las maravillas de los albaricoques, las naranjas, las ciruelas, la sandía, los paraguayos… y dejaron de comer plátanos. Ese repentino rechazo a su joya culinaria la tía Lina lo vivió sin comprenderlo al principio, con cierto dolor y como si de desagradecimiento se tratara. Más tarde lo acabó asimilando: aquello fue el comienzo del alejamiento, de hacerse mayores. Su primera decisión.

Los que seguimos a aquella generación que vivió el hambre de la posguerra con tantas estrecheces materiales, crecimos con un pequeño frutero en la mesa de formica de la cocina y mejorando poco a poco en cuestiones de alimentos, ropa y temperatura de las casas. Y nuestras carencias fueron más afectivas: carencias de besos, abrazos, palabras de aliento, correcciones sin violencia… Así que cuando nos han llegado los hijos los hemos colmado de cariño en todas sus expresiones y a todas horas. Cuentos e interminables despedidas por la noche antes de dormir. Canciones, caricias, palabras dulces, juegos, acompañamientos a todos los lugares… Muestras cotidianas de cariño. Como los plátanos cotidianos de la tía Lina. Algunas tardes pasadas fuera de casa recogían el momento hermoso de los “cachorrillos” humanos, abalanzándose sobre su madre o sobre su padre, corriendo por el pasillo en cuanto oían el sonido de la llave.

Un día mientras comíamos en la cocina el mayor contaba algo del colegio. Al hacerle una pregunta sobre lo que estaba relatando respondió “no te quiero contar”. Así, con su preciosa cara redondita, sus ojos claros y su cuerpo pequeño. Tan lindo. Era la primera vez que ponía un límite, se reservaba algo… Fue impactante y el anuncio de lo que es la vida: ir separándose. Más adelante en la misma cocina salieron del chiquito las palabras “ya estoy cansado de tus besos y tus mimadas”. Con su pelito cayendo sobre su frente, precioso, tan moñoño, como decía Feli, su maestra de Infantil.

En los dos casos sonó sorprendente e interiormente fue de descoloque, pero fueron la lección necesaria para ir asumiendo el vuelo que habrían de hacer. Fueron los comienzos de ir marcando su territorio y lo mismo que los primos, cansados del mismo alimento todos los días, dejaron de comer plátanos, en casa entró la moderación en las muestras afectivas, limitando los besos, los juegos y los acompañamientos intentando nuevas formas de cariño: sonrisas, conversaciones y silencios.

El mayor hoy pide nuestra opinión sobre su Proyecto de Fin de Carrera y espera sonriente nuestras impresiones mientras acude con su sudadera roja a entrenar a los chiquillos del equipo de fútbol. Y el pequeño empieza sus prácticas de Enfermería y vuelve de la residencia de personas mayores impactado: ¡la enfermedad y la muerte tan cercanas! La señora Eugenia agonizaba, viviendo sus últimas horas. Al día siguiente su habitación está vacía: falleció de madrugada.

Hoy los besos y “las mimadas” son palabras, conversación, retaguardia, ánimo y contemplación del vuelo.

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2 comentarios

  1. Hola Susana querida, Soy Ana -amiga de Paco- me encantan tus escritos, me despiertan sentimientos y me siento reflejada, perdona mi silencio pero entro poco al ordenador. Un abrazo muy fuerte y besicos Ana

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    • Hola, Ana. Muchas gracias por tu comentario tan cariñoso y perdona que me haya retrasado en contestarte. Me alegra mucho que estos escritos se acerquen a tus sentimientos. Mis mejores deseos para ti, ahora que ya no nos vemos tanto por Burlada. Un gran abrazo.

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