El día que me hice la Mohicana


Photo by Elijah M. Henderson on Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Después de dar mucho la matraca en casa, aquel jueves me fui a la peluquería de los marroquíes, la que pusieron en mi barrio y ahí me hice la Mohicana, sin el permiso de mis padres y aprovechando la paga que me había dado la abuela el fin de semana. Mis amigos de ahora, los del instituto, iban a cortarse el pelo ahí y yo por fin acabé también yendo. Ese fin de semana iba a ser de los grandes: habíamos conseguido dinero y nos íbamos a juntar donde Kike para ir desde allí a esa casa abandonada que él conocía. Entraríamos, husmearíamos por las habitaciones, dejaríamos una buena pintada en mitad del salón o en la mejor pared que viéramos, así dejaríamos nuestra marca de la casa y terminaríamos en la explanada fumando unos pitis y bebiendo.

Al salir de la peluquería me vi muy raro, pero quise convencerme de que estaba muy bien y con ese aspecto de tipo duro que necesitaba para maquillar mis rasgos todavía tan infantiles. Me veía ya como uno de “los malotes”, como llama mi madre a esos tipos de las películas que son de una banda y van por ahí dando palos y amedrentando a la gente.

Pero llegó el viernes y todo se suspendió con la declaración del estado de alarma por la pandemia del coronavirus. Dejamos de ir al instituto, dejamos de ir a los entrenamientos, dejamos de juntarnos por las tardes los amigos… y nos quedamos tiempo y tiempo en casa. Gracias a que en nuestra casa tenemos a Trabi, todos los días pude salir a dar la vuelta a la manzana. Hasta esos momentos ni mi hermana ni yo nos habíamos encargado del perro, pero desde entonces nos poníamos de acuerdo para esos paseos, las únicas salidas a la calle durante tanto tiempo.

En esas salidas fue cuando llegó el reencuentro con Ander. Ander había sido mi amigo más amigo desde los 3 años que coincidimos en Infantil. Siempre juntos, en clase, en el patio, en la calle… muchas tardes hacíamos juntos las tareas del cole en su casa y los cumpleaños los celebrábamos con otros también muy amigos como Albert, Noemí, Nicolás, Fabrizio, Alba… Y esa amistad se cortó en el Instituto. Coincidimos en la misma clase. Nuevos compañeros, nuevo centro… la vida esperaba entre esos muros.

Los amigos con los que empecé a relacionarme los veía como expertos en la vida: como que sabían de qué iba todo, iban pisando fuerte, valientes, rebeldes y divertidos. No les importaba encararse con los profesores ni que les pusieran un parte de expulsión. Lo mismo se metían con un profesor que con un compañero. Y durante un tiempo estuvieron haciendo la vida imposible a Ander. Se enteraron de que los sábados iba al grupo scout donde yo también estuve yendo un tiempo. Le preguntaron si era cristiano y cuando él dijo que sí ellos le increparon: “vamos a probarlo: te vamos a abofetear y tú tienes que poner la otra mejilla”. Empezaron a pegarle y él terminó hecho un bolo en el suelo cubriéndose la cabeza con los brazos. Esto no me gustó. Pero nada. Lo pasé muy mal. Ellos parecían disfrutar y divertirse con esos golpes. Yo me sentí cobarde por no defender al que siempre fue mi amigo. A la vez tampoco quería que me identificaran con él y que la emprendieran también contra mí. Y nos alejamos. Él siguió su camino y yo el mío. Yo cada vez más cercano a esos que se habían portado tan mal con él. Había algo que me atraía muchísimo de esas amistades y a la vez seguía sintiendo una gran culpa hacia Ander. Me avergonzaba mirarle a los ojos.

En el confinamiento empezamos a coincidir Ander y yo en la calle con nuestros perros. En el primer encuentro me sorprendió su sonrisa abierta al saludarme. “Pero ¡cómo!”, pensé, “¿no está enfadado conmigo? ¿no se siente decepcionado?” Parecía que no, él estaba como si no hubiera pasado nada, como si volviéramos a estar en primaria y acabáramos de hacer las tareas y saliéramos a la plaza a dar unas patadas al balón. Cada día nos veíamos y charlábamos de nuestras cosas. Un día le saqué el tema de lo que pasó en el instituto y le dije que lo sentía y que me avergonzaba no haber hecho nada por defenderle y él reconoció que lo pasó muy mal pero que ya lo había olvidado. Hablamos un poco más y luego cambió de tema para contarme que se había apuntado a una red de apoyo a personas mayores del barrio y que se sentía muy contento de poder llevarles los recados y bajarles las bolsas de basura. Su expresión era de mucha alegría y un día yo también me apunté para esos apoyos. Mi pelo ha crecido y la mohicana ha desaparecido. Nuestras caras se han tapado con las mascarillas que tenemos que utilizar ahora ya en todo momento, pero cuando nos encontramos, puedo ver que Ander está sonriendo con solo mirarle a los ojos. ¡Qué cosas nos ha traído este confinamiento! !A mí me ha regalado un viejo amigo!


Photo by abdelkader ft on Unsplash

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