Un simple ratón


Photo by Shagal Sajid on Unsplash   
Texto: Susana Aragón Fernández

Lunes y miércoles voy puntual a la clase de alfabetización digital. Hace tiempo que no tenía una sujeción de horario así. Desde que me jubilé he vivido al día y sin reloj. No hace mucho que estoy jubilado, pero interiormente la distancia del que fui hasta entonces ha crecido tanto que ni me reconozco en mis tiempos de trabajador. Al final de mi vida laboral tuve un pequeño cargo que favoreció mi pensión actual. Así que en el terreno económico no me puedo quejar, la verdad. Fueron muchos años de trabajo. Muchos años. Y muchos de ellos los veo ahora vividos como si hubiera estado con el piloto automático: yendo, viniendo, fichando, resolviendo… Tan sólo hace cuatro años de la jubilación…. pero ¡qué lejos queda el trabajo ya y qué lejos quedo yo mismo, aquel que fui!

Estas clases para aprender informática son lo primero que decido hacer de una forma organizada. En clase hay un ratón. Bueno, varios ratones: cada uno tenemos uno. ¡Resulta tan difícil saber cuándo hay que darle con el dedo índice y con el dedo corazón! Me hago tanto lío que intento hacer una pequeña trampa a ver si cuela: darle al ratón con los dos dedos a la vez, sin que nadie se entere… ¡Pero así no funciona! Se me hace tan difícil que había pensado saltarme ese tema e intentarlo con el siguiente. Pero ya veo que debe ser como coger el lápiz de mis tiempos. Voy a ponerme a ello, a ver si me entra en la cabeza. Noto torpe esta cabeza y también mis dedos. Yo en la escuela siempre había sido de los avispadillos y ahora me fastidia bastante esta torpeza evidente. Me gustaría demostrar a la profesora que yo soy aquel niño listo que sacaba buenas notas y no este señor al que le cuesta tanto todo.

Esta nueva forma de estar en una clase me hace acordarme de aquellos compañeros que siempre iban mal, que sacaban malas notas en todas las evaluaciones, que salían a la pizarra a hacer un problema de matemáticas y no conseguían resolverlo, quedando así, como tontos, delante de toda la clase. ¿Qué habrá sido de aquel Rapaelillo, como le llamábamos con un tono de sorna y con aires de superioridad creyéndonos muy ingeniosos por haber cambiado la f de su nombre por la p, como el cantante? ¿Y de Delgordo, al que cambiamos su apellido Delgado, porque creímos que no le correspondía? Zascarria, el Lute,… éstos sé que murieron jóvenes.

Ahora yo soy uno de ellos: de los torpes de la clase y empiezo a sentir ganas de encontrármelos y decirles que fuimos unos idiotas con ellos, unos auténticos gilipollas, por creernos más que ellos, por ridiculizarlos… sólo porque nos iba mejor en clase. ¡Quién sabe qué tendrían en casa! ¡Cómo sería su ambiente familiar! El nuestro nos favoreció esa mejor posición en el colegio, o esos mejores resultados. Con los años veo que los méritos que nos hemos ido atribuyendo no son tales.

Delgado, sé que tuviste problemas de salud y que finalmente te operaron y ahora estás muy bien y llevando una vida buena. Y tú Rafael, ¿dónde andarás?, ¿qué tal te habrá tratado la vida? ¡Ay si me vierais ahora en la clase de informática, incapaz de manejar un simple ratón!


Photo by Wolfgang Hasselmann on Unsplash       

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