Yo, me vuelvo a España


Photo by Noah Silliman on Unsplash  
Texto: Susana Aragón Fernández

Hoy recuerdo esos días del final del bachillerato: fue todo un torbellino de estudios, esfuerzo, el “sprint final” nos decían los profesores, un torbellino de fiestas y despedidas de quienes llevábamos compartiendo clases, juegos y amistad desde la infancia. Con nuestros 17 y 18 años nos sentíamos muy mayores. Un año emocionante. Con ese verano se terminó esa sensación previsible de los años anteriores: esos veranos que terminaban en felices reencuentros en septiembre. Al terminar bachillerato se abría una vida diferente para cada uno de nosotros, que quizá volveríamos a encontrarnos, pero ya en circunstancias diferentes. La cena de fin de curso, por todo esto, fue más emotiva que nunca. Además, las chicas estaban espectaculares, guapísimas. Algunas subidas en unos inhabituales tacones parecían haber crecido de la noche a la mañana. Nosotros, también estábamos muy elegantes, vestidos de traje, con esas camisas, corbatas y pajaritas prestadas por nuestros padres y parientes, que nos miraban orgullosos. Según nuestras madres, estábamos impresionantes. Claro que sus miradas no suelen ser muy objetivas, pero bueno, anima que te miren así.

Pau y Adrián se fueron a estudiar a Madrid, Karen a Zaragoza, Wallae a Chile, Isma a Londres… y yo fui a Holanda. Un mundo por delante para vivir nuevas experiencias, nuevas aventuras, hacer nuevas amistades…

La Residencia donde me he alojado estos dos años tiene una distribución digamos que curiosa: las habitaciones son individuales con su pequeña cocina para que cada uno se haga sus comidas y demás. Cada dos habitaciones hay un baño compartido por dos estudiantes. Esta es la circunstancia que más “obliga” a convivir: encargarse de reponer papel higiénico, jabón y hacer la limpieza por turnos. Lo demás está pensado con ese criterio con mayúsculas que parece lo mejor a lo que se puede aspirar hoy: la Autonomía o la Independencia.

Somos tan autónomos, tan independientes, que cada estudiante se prepara su propia comida, hace su propia compra, recoge y limpia lo que mancha… nadie necesita de nadie para la vida cotidiana. Cualquier cosa que necesites la gestionas tú solo y así te centras en los estudios. A mí, al principio esto me resultó un reto: aprender a cocinar, aprender a tener previsión en las pequeñas compras, aprender a mantener la limpieza y el orden que hasta ese momento no había tenido nunca en mi desordenada y llena habitación de adolescente. Llevé mi guitarra a Holanda para seguir practicando.

Enseguida tanta independencia me empezó a dar frío. A ver si me explico. Vivíamos como si nadie necesitara a nadie. Cada uno pendiente sólo de sus cosas. Nada que compartir (salvo el baño). Cada comida, cada cena en solitario y sin momentos u ocasiones para hacer planes de amigos. Frío, mucho frío. Durante los días de labor, por lo menos ir a las clases era una motivación. En estos dos cursos nos han planteado muchos trabajos en equipo y esto que podría haber facilitado las relaciones entre nosotros, también lo hemos vivido de forma INDIVIDUAL: cada uno hemos trabajado nuestra parte en solitario y luego lo hemos compartido a través de internet. No entiendo cómo no hay ocasiones de hacer una cena juntos, irnos por ahí, hacer una excursión, ir a un concierto o escuchar música en cualquier garito… Y los fines de semana… ¡interminables! Acabé yéndome con la guitarra a tocar a un pequeño bar donde un día vi que había gente que se animaba a tocar algún instrumento.

Pero nada… han ido pasando los meses y la amistad es muy difícil. El frío y la soledad crecen a pasos agigantados. Las redes sociales me ayudan a sobrellevarlo porque sigo en contacto con los viejos amigos de siempre, ahora dispersos por el mundo, aunque tantas horas dedicadas a la vida social de pantalla no dejan de ser un sucedáneo de lo que estoy necesitando.

Al final va a ser verdad esto que me dijo el otro día un médico colombiano que me atendió cuando pasé la gripe: “dicen que el Tercer Mundo está allí (Colombia y América del Sur), pero yo creo que está aquí (Europa)”.

Yo, me vuelvo a España.


Photo by George Coletrain on Unsplash  

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