Érase una vez un RENO

Photo by Tim Gouw on Unsplash (sección)

Texto: Susana Aragón Fernández

Mi madre y mi abuela salieron de su país, que también siento mío, allá en América del Sur hace años. Llenas de fuerza e ilusión dejaron atrás familia, costumbres  y miraron hacia Europa donde muchos de los nuestros llegaron soñando con una vida mejor. Ni mi abuela ni mi madre tuvieron ocasión de estudiar. No por ello diría que son unas personas incultas: ellas tienen una sabiduría que no se encuentra en los estudios académicos. Saben esforzarse, aprender de los errores. Saben cuándo insistir en algo y cuándo abandonar. Saben de quién se pueden fiar y de quién no. Tienen una creatividad que les ha ayudado siempre a salir adelante y cuando todas las puertas parecen estar cerradas, ellas descubren una gatera lo suficientemente amplia por donde salir.

Para mí soñaban con esos estudios universitarios que ellas no tuvieron y hoy están orgullosas de verme en la Universidad. Este curso estoy terminando los estudios de Magisterio. Tengo un sueño que nunca he compartido con ellas y es el de ejercer de maestra en nuestro país. Yo ya no soy de allá, pero siento un impulso muy grande de volver y poder aportar algo a esa tierra llena de plantas exuberantes, llena de tierra y frutos tropicales; aportar algo a ese pueblo lleno de parientes cercanos y lejanos.

Este curso estoy haciendo las prácticas en un colegio cercano a Pamplona. El modelo de enseñanza es en castellano y en inglés. Estoy con los más pequeños del colegio: los que más apoyo necesitan sobre todo en muchas de las acciones básicas como abrocharse y desabrocharse batas y abrigos, lavado de manos, higiene, etc. Son los de Primero de Educación Infantil y hay dos aulas con sus dos tutoras, Nora y Maider, una de castellano y otra de inglés.

Pues bien, después de pasar el período de adaptación y de llegar a un punto en que el ritmo de la clase ya estaba establecido, Nora se puso enferma y vino otra maestra a sustituirle: Sandra. Me di cuenta entonces de la cantidad de información y detalles que se han ido acumulando desde el comienzo de curso: qué niños llegan y se van en autobús, qué niños se quedan a comer en el comedor, quiénes se quedan los miércoles, los horarios de ir al baño, tomar el almuerzo, trabajar por rincones, salir al recreo, hacer una guardia en algún otro curso… Y vi que al principio Sandra, estaba bastante sobrepasada con estas miles de informaciones que Maider le iba trasladando.

Maider estaba preocupada por elaborar la postal navideña de los niños para las familias y por la portada que recogería el proyecto que hemos trabajado este trimestre, que también llevarían los niños a casa la última semana en una carpeta preciosa y gigante.

Yo veía a Sandra preocupada por conocer a los niños, por hacer que se sintieran bien (decía que los niños se habían hecho a Nora y ahora lo que más le preocupaba es que se sintieran bien con ella) y por adaptarse ella también a las rutinas del colegio. Maider estaba agobiada por las postales y las portadas y me pidió ayuda. Sandra había hecho alguna postal con los niños y, colgadas en el corcho de la pared, se distinguía claramente las postales que los niños habían hecho con una o con la otra. Las postales de Maider estaban todas perfectas y las de Sandra estaban llenas de imperfecciones.

Maider se iba enfadando con estas cosas y me lo comentaba creo que por desahogarse. Cuando llegó el momento de elaborar la portada del proyecto llegó al colmo del enfado. Ella había pensado en hacer un reno como portada. Las manos de los niños estampadas serían los cuernos y lo demás iría recortado en cartulina. “Para la nariz del reno, un círculo rojo” le había dicho a Sandra. Y Sandra, no sabiendo qué hacer con esa información y después de preguntar a otra maestra “¿cómo harías la cara del reno?” miró en internet “imágenes de reno infantil”. Guiándose por una de estas imágenes, avanzó la portada con los niños de su clase. Cuando Maider vio lo que había hecho se enfadó muchísimo: ¡no tenía nada que ver con lo que ella había ideado!. Yo estaba acompañando a una niña al baño cuando le escuché decir “¡No sabes lo frustrante que es que te diga una cosa y luego tú hagas lo que te dé la gana!”. Sandra escuchó y calló. Maider luego me dijo que le ayudara que entre las dos haríamos el trabajo, quejándose de Sandra y dedicándonos intensivamente a la estampación de manos, al recorte de la silueta de la cara y de la nariz del reno y a pegarlo. Los niños tenían que dejarnos sus manos, como cuando vamos a la oficina del DNI y luego dibujar los ojos. Lo demás nos encargábamos nosotras.

Cuando conté este episodio en casa, yo lo contaba apoyando a Maider, criticando lo mismo que ella estaba criticando de la nueva compañera, pero mi madre y mi abuela, con muchas experiencias laborales y vitales a sus espaldas, me sorprendieron con su comentario: ¡Si eso le resulta motivo para quejarse, que una compañera intente ayudarle aunque no lo haga exactamente como ella, ya puede prepararse para lo que la vida le puede traer…! Y mi madre siguió: “¿de qué sirve que la maestra haga los trabajos? Cuando eras pequeña, todo lo que traías del colegio que no habías hecho tú iba directamente a la basura al día siguiente”.

Entonces ya vi las cosas de otra manera y empecé a pensar sobre lo que realmente importa y miré a Sandra de otra manera. Dejé de ver su torpeza, su incapacidad de hacer dos postales iguales, su dificultad de adaptación a los horarios… y empecé a ver su libertad, el cariño con que trataba a los niños y la alegría que les transmitía. Realmente mi madre y mi abuela siempre me hacen ver las cosas de otra manera.

Éstos son los dibujos que les hice para que se hicieran a la idea de lo que les estaba contando… Realmente no tiene tanta importancia el resultado…

(Hice estos dibujos para explicar a mi madre y a mi abuela lo que les estaba contando…. A la izquierda, el reno de Maider. A la derecha, el reno de Sandra).

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