El espantagaviotas

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Photo by Amine Rock Hoovr on Unsplash

Texto: Susana Aragón Fernández

Este verano creo que será el último para venir a las colonias de Hondarribia porque ahora somos el grupo de mayores. Tenemos entre 14 y 15 años. Yo he venido los tres últimos veranos y me da bastante pena que esto se nos acabe. Además, este año, como ya éramos  mayores hemos tenido algunas ventajas, como estar jugando a fútbol  en la playa por la noche, o dar una vuelta en piraguas hasta la cala de Los Frailes, saliendo más allá del puerto donde una vez vimos cómo los pescadores descargaban los bonitos, colgando de unas poleas.

Yo me llamo Diego y me apunté con mis amigos Cristian y Pablo, con los que he ido otros años. Hemos coincidido con otros amigos, como Unai, Carla, Irati y Ainara. Con éstos estamos muy bien, somos muy amigos y jugamos mucho juntos. También hemos conocido a otros que también han sido muy guays como Edgar y Lorena, que se han unido a nuestro grupo.

Hoy por la mañana ha pasado algo que me ha hecho sentir como si estuviera encerrado en una calle sin salida. Si iba por un lado me encontraba con un muro y si iba por otro lado, otro muro. Y yo en medio, queriendo salir y no pudiendo. He estado un buen rato muy nervioso y mal por dentro: alterado, sí.

Resulta que Ainara es muy maja, pero también es muy geniuda y tiene la mano muy larga, como diría mi madre. Te lo pasas muy bien con ella, pero si se enfada, mejor que te pille lejos. Pues hoy no sé bien qué le ha molestado y me ha dado un tortazo. Ha sido un bofetón en toda la cara, fuertísimo. Me ha pillado desprevenido. Mi primera reacción ha sido lanzarme a devolverlo, pero en el instante final, me he frenado porque me he dado cuenta de que iba a pegar a una chica y siempre he escuchado que a las chicas hay que respetarlas. Si hubiera sido cualquier otro de los amigos, le habría devuelto la bofetada y luego ya habríamos hecho las paces.  

Así estaba yo, por un lado contento por haberme contenido y por otro muy muy rabioso por haber recibido semejante golpe. La rabia y la impotencia han crecido cuando me pregunta Ainara que “por qué no le he devuelto el golpe”. Y al responderle que “porque eres una chica y no soy de los que pegan a las chicas”, con un tono muy despectivo me ha llamado “machista”. “Entonces, ¿prefieres que te pegue?”, le pregunto, y ella me responde “entonces todavía serías más machista”.

Así que no sólo me ha dado un gran tortazo, sino que después me ha insultado con eso de machista y he terminado en ese callejón sin salida donde estaba rabiando y sin saber qué hacer, qué explicación darme, sin encontrar la respuesta adecuada…

Estábamos bañándonos en la playa, pero yo hoy no estaba disfrutando nada de nada. Estaba en el agua por refrescarme, pero sin la alegría de todos los días. Entonces me he fijado en algo que me ha alegrado el día. Nuestras mochilas estaban a unos pasos de la orilla, todas cerca unas de otras, con camisetas y chancletas cerca, en un desorden muy ordenado ya que cada uno siempre sabe cuál es su mochila y su ropa.

Las gaviotas han debido descubrir que algunos bocadillos del almuerzo no estaban suficientemente envueltos y, asomando algo de pan, se han lanzado sobre nuestro “campamento” almorzando ellas lo que iban encontrando.

Todo ha sido muy rápido. Unas diez gaviotas merodeando entre nuestras ropas y de repente un hombre altísimo y delgadísimo que estaba muy cerca tomando el sol con su mujer, se ha levantado rápidamente y se ha dedicado a espantar a las gaviotas, cuidando así de nuestras cosas. Él ha visto un grupo de adolescentes saltando las olas y disfrutando tanto del agua, que ha preferido hacer de vigilante, antes que cortar nuestro momento fresco y de juego.

Yo estaba bastante amargado con lo del tortazo de Ainara, sí, pero el darme cuenta del cuidado de ese hombre, de sus movimientos para que pudiéramos seguir nuestro baño, me ha aligerado el sufrimiento. Ninguno de los demás se ha dado cuenta, porque estaban muy a lo suyo. Yo, que estaba reconcentrado en mi dolor y en mi impotencia, he podido mirar cómo volvía a su toalla y cómo las gaviotas volvían al ataque. Entonces una mujer menuda con cabello blanco pero con aspecto joven que estaba también cerca, ha colaborado en la vigilancia. Viendo la persistencia de las gaviotas, uno y otra han coincidido entre nuestras mochilas y toallas y finalmente él ha cogido su propia toalla y se ha instalado en medio de nuestro campamento en espera paciente de que volviéramos.

Me ha recordado al espantapájaros que una vez puso el abuelo en medio de la huerta. Yo estaba admirado de ese hombre que se había convertido  por gusto en el espantagaviotas. Por qué lo haría, cómo sería, a qué se dedicaría, cómo se le había ocurrido cuidar de nuestras cosas si no nos conocía… Y me preguntaba si estaba cuidando así de nuestras cosas, cómo cuidaría de las suyas, de sus familiares, de sus amigos. Seguramente sería un tipo excepcional.

Conforme más le miraba ahí en medio de nuestro campamento, más admiración me producía y menos enfadado me iba sintiendo.. Interiormente me encontré preguntándole “oye, tú que yo ¿qué harías con lo que me ha pasado con Ainara?” y, no sé cómo, pero en un momento me llegó una salida a la situación. Fui a hablar con Ainara y le dije con un aplomo que yo mismo no me conocía “Ainara, ese tortazo que me has dado me ha fastidiado mucho. Ni se te ocurra volver a pegarme. Y déjate de esas chorradas de llamarme machista si no te pego y más machista si te pego. Yo te respeto, así que te pido que tú me respetes y no vuelvas a pegarme”. Me alejé sin esperar respuesta y seguí contemplando a mi amigo el espantagaviotas, al que  imaginé guiñándome el ojo y ya la sonrisa me volvió por dentro y por fuera.

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Photo by Holger Link on Unsplash

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