El timbre de la bicicleta

Zacarías Ecay Foto de Villava fragmento.jpg

Fotografía (fragmento): Zacarías Ecay

Texto: Susana Aragón Fernández

Cuando tú naciste estábamos viviendo en Villanueva de Araquil porque allí habían destinado a tu padre como maestro. Vivíamos encima de la escuela, en la casa de los maestros. Yo quería que nacieras en Burlada, donde tenía a mi madre y a toda la familia y así se lo decía a Joaquín y él, que era un hombre muy bueno, me decía “tranquila, que cuando llegue el momento cogeremos un taxi y nos llevará a Pamplona”. Y así fue avanzando el embarazo con esa tranquilidad de que, en cuanto llegara el momento, Joaquín estaría cerca y llamaría a ese taxi que nos llevaría al calor y a la seguridad de los nuestros.

Total que llegó el día en que tú quisiste nacer y, tal como fue pasando todo, no hubo ocasión de llamar al taxi. Parece que tenías prisa por llegar a este mundo. Joaquín se preocupó de buscar la ayuda del médico del pueblo, don Felipe, y así como en los otros partos me asistió la comadrona, en el tuyo estuvo ayudándome el médico, que vivía muy cerca de nosotros.

Al día siguiente del parto, don Felipe vino a casa a ver qué tal estábamos y antes de irse le regaló al padre un puro diciéndole “toma, que también tú has pasado un buen apuro”.

Y te digo, tu padre era muy muy bueno. Cuando todavía no le conocía, él pasaba a diario por mi calle: la calle Mayor de Villava. Pasaba todos los días por ahí con su vieja bicicleta y su maleta de cuero colgando en bandolera. Empecé a fijarme en él un día en que yo estaba volviendo a casa con el pan y él, pedaleando volviendo de Arre donde iba a dar clases, me avisó de su paso con el timbre de la bicicleta. Yo no le había visto y al escuchar ese sonido alegre, me volví hacia él y él me sonrió y no sé qué me pasó en ese momento, que me quedé como hechizada. Fue muy breve, ahí en mi calle: él volviendo de la escuelita de Arre y yo con mi cesta del pan volviendo a casa. De repente el día fue más bonito que cualquier otro día. El sol brillaba más alegre y el sonido del timbre de la bicicleta de aquel chico tan guapo que me había sonreído al pasar se repetía en mí como cuando se te mete el estribillo de una canción y no puedes quitártelo de la cabeza.

Al día siguiente, sobre la misma hora, él volvió a pasar cuando yo volvía a casa con el pan a mediodía. En cuanto distinguí su silueta en la bici el corazón se me aceleró. Y esa vez, aunque ya no hacía falta como aviso, él volvió a tocar su timbre y a sonreírme. Seguramente yo también le sonreiría. Y así cada día: él con su maleta de libros en bandolera y su mirar tan dulce y tranquilo. Desde entonces, su sonrisa se quedó conmigo y creció con vosotros y con todos los días que pasamos juntos hasta que le llegó el momento de morir aquel día en que paseaba con su amigo Tomás. Ahora entenderás lo que siento cuando escucho el timbre de una bicicleta.Zacarías Ecay Foto de Villava 1

Fotografía: Zacarías Ecay

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