“¡No andes mirando la hora, maitia!*”

Doneztebe_Santesteban_Navarra_rio

Fotografía 1: http://turismo.navarra.com/itm/doneztebe-santesteban/
Fotografía Karra Elejalde: Rubén Plaza
Texto: Susana Aragón Fernández

El sábado os volvíais a reunir tres generaciones de la familia después de unos cuantos meses desde las dos dolorosas ausencias de este año, vuestros tíos Joaquín y Merche. Aunque ya os había llegado el invierno, era el momento de volver a encontraros y superar esos vacíos. ¡Vale, daríais una vuelta por el monte y luego comeríais en un restaurante de la zona! Aunque anunciaban lluvia seguisteis adelante con el plan y acudisteis a la montaña navarra con los chubasqueros, las botas y la ropa de repuesto. Al ser un grupo muy numeroso reservasteis mesa con mucha antelación en un restaurante que habías conocido este verano.

La víspera del encuentro llamaste al restaurante para concretar la hora y pedir tímidamente un pequeño margen de flexibilidad, explicándole el plan de dar un paseo y luego ir a comer. Al haber en el grupo niños pequeños y personas mayores le preguntabas si podíais ir algo antes de la hora prevista al restaurante si llovía mucho el sábado o si podríais acudir algo más tarde si el tiempo permitía pasear por el monte. La respuesta del hostelero te llegó al alma: “¡No andéis mirando la hora, aquí tenéis la mesa, venid cuando queráis!”. Karra Elejalde foto Rubén PlazaY lo dijo con esa voz de Karra Elejalde interpretando a Koldo, el padre de Amaia en “Ocho apellidos vascos”. “¡No andéis mirando la hora!”, y lo decía con tanta familiaridad que te hacía sentir su hija, sólo le faltaba añadir al final, maitia*.

Con ese tono, con esa sencilla frase, te estaba diciendo que para él lo más importante eras tú, que estaba dispuesto a hacer lo que estuviera en su mano por atenderos lo mejor posible, que lo que más le importaba es que disfrutarais del día. ¿Qué cara tendría este hombre que te transmitía tanto con tan poco? ¿Tendría también una barba tupida y una camisa de cuadros? No te importaba. Hay frases que llegan al alma y esa fue una de ellas.

Meses antes tuviste una cena de trabajo y viviste la situación al revés: el cliente al servicio del hostelero, o lo que es lo mismo: el servidor servido. Un restaurante con dos turnos para cenar. Vosotros ibais en el segundo turno. Aunque llegasteis puntuales, como dependíais de que los del primer turno terminaran, tuvisteis que esperar de pie mirando cómo pasaban los platos y mirando con cierta presión hacia los que estaban tan ricamente sentados.

Esta fórmula de mundo “al revés” se ha extendido mucho y no sólo en la hostelería. Piensas en cómo estamos todos “trabajando” para las empresas de gasolina, echándonos el combustible, pagando lo mismo y encima lo hacemos con total sumisión,  sin una protesta. Y en los grandes comercios donde eliminan puestos de trabajo de cajeras para que trabajemos todos para ellos, pagando lo mismo por los productos.

Por estos detalles, la voz montañesa fue una caricia “¡No andéis mirando la hora!”. ¡No andes mirando la hora, maitía, tú disfruta, pásalo bien! ¡Qué alegría! ¡Y qué significativo que te llame tanto la atención, bueno a ti y a todos los que pudisteis disfrutar de la comida que os ofrecieron! “¿Quieres otra palomica?” Le preguntaron a Juan después de que ya se había comido una. Esa comida fue mimo, cuidado familiar de fuego, de calor. Cada fuente era revivir un gesto cariñoso vivido o imaginado. Con las alubias te estaban calentando el pijama al lado del fuego en las noches frías. Con la sopa te estaban ajustando las sábanas por los costados. El guiso eran esos dedos cariñosos apartándote el cabello de la cara sudada de tanto correr, de tanto jugar. La guarnición era una batalla de bolas de nieve entre risas. Los postres eran una oración infantil confiada en el silencio de la noche. Y los cafés e infusiones eran esos aromas que te envuelven y te recuerdan un intenso momento de felicidad.

“¡No andéis mirando la hora!” ¡Qué delicia de frase! ¡Qué delicia de cuidado!

* Maitia: Es una palabra muy familiar y cariñosa en euskera que podría traducirse como “amor”, “querido” o “cariño”.
Hijos de AnaFotografía: Susana Aragón

 

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6 comentarios

  1. Estaba pensando: esa respuesta lleva tras ella un modo de vida que cada día es menos frecuente, un sentido de la vida que la da sabor.
    Preciosa reflexión, Susana.
    Muchas gracias.

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    • ¡Gracias, Lourdes!¡Con qué poco nos hacemos daño y con qué poco nos podemos alegrar la vida! ¡Fíjate, una simple frase sirvió para llenar de alegría ese día! Bueno, y lo que vino después acompañó muy bien. El próximo día brindaremos por estos sabores. Un gran abrazo.

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