¡Perdona, Javierico!

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Photo by Dmitry Ratushny on Unsplash

Texto: Susana Aragón Fernández

Esto sucedió en una escuela infantil donde los niños tenían entre uno y tres años. Hace años. Una revuelta inesperada de la vida te llevó allí, te regaló unos años en que tu cometido era apoyar a los niños con necesidades educativas especiales, dentro de la dinámica cotidiana de la escuela.

Era aquel un mundo bajito de estatura, pero lleno de vida, un mundo de miradas limpias, de ojos curiosos y torpezas de movimientos que se superaban día a día. Un mundo donde el cariño y la disponibilidad hacia los pequeños era más importante que las ideas, más importante que los títulos y las teorías. No quieres decir con esto que no sea necesaria la formación para estar ahí, porque esto siempre lo has defendido con pasión y te ha enfadado que la gente crea que para estar con los más pequeños vale cualquiera. Crees que es elemental la formación y sólo a partir de ahí debe plantearse la educación en las primeras edades.

Lo que sí te diste cuenta, después de los años pasados de regalo en aquella escuela, es que hay algo que va más allá de lo que se aprende en las Universidades y Centros Formativos y tiene que ver con la capacidad de amar. Tuviste suerte porque en cuanto entraste por la puerta, esa capacidad se encendió de tal manera que cada día era una ilusión: compartir con aquellos niños y aquellas niñas su tiempo, su desarrollo, pasar tiempo a ras de suelo, poder presenciar sus juegos, compartir momentos de creatividad, canciones (de repente brotaba de ti el repertorio de tu infancia, ese repertorio que parecía haber desaparecido, ahí estaba, despertándose al contacto con el día a día en la escuela infantil), cuentos, bailes… Estabais dos compañeras en cada grupo de niños y, aunque tú tenías la responsabilidad de los que tenían necesidades especiales, lo vivíais como en una familia en que las dos cuidabais y educabais a todos y para cada momento teníais en cuenta a todos.

Raquel cruzaba la puerta y se lanzaba de los brazos de su padre, corriendo con sus piernas pequeñitas hasta lanzarse en tus brazos y su padre comentaba en broma “me voy a poner celoso”, pero contento de que la chiquilla se quedara tan contenta. Iñaki, con sus rizos y su cara redondita te alegraba el alma con sólo su presencia, lo mismo que Adrián, tan pequeño y tan “terremoto”. Alazne solía jugar en el patio a su aire, con las piedras de la piscina de piedras que siempre acababan en el césped, y de vez en cuando se te acercaba mientras estabas sentada en el bordillo y subía a ti y se te abrazaba un rato como un koala chiquitín. Pasaba ratos así y luego volvía a sus juegos. Sara tenía una dificultad motórica (hemiparesia) y recuerdas sus rizos y su cara preciosa entre los demás del grupo que la querían. Recuerdas tu lucha por apoyarle en el control de esfínteres y en su día a día: Sara, Josu, Íñigo, Rubén…

Hubo un chiquillo, Javier, con una enfermedad degenerativa, al que has de pedir perdón porque no supiste amarle como se merecía. Él llegaba (le traían sus padres) en su silla donde permanecía casi todo el día porque su cuerpo nunca le dio la oportunidad de llegar a andar, gatear, arrastrase. Su cuerpo tenía una rigidez que te sobrepasaba: sus manos tensas y cerradas, sus piernas también tensas. Sus ojos te miraban, miraban su alrededor, la libertad de movimientos de los demás niños, sus juegos… y él encerrado en su cuerpo agarrotado. Su cuerpo-atalaya te hablaba de tu ineptitud para recoger su dolor, tu incapacidad para darle calor, acompañarle en esa dureza de estar viendo la vida pudiendo participar tan escasamente de ella. Sabes que los días en que no acudía a clase por tener médico o por lo que fuera, para ti era una liberación. Y en ese alivio descubres tu limitación de aquellos momentos. Gracias a Dios, tu compañera Maika, tuvo esa capacidad de amar que tú entonces no tuviste y esa sensibilidad y cariño con él que hoy agradeces y que esperas haber aprendido y seguir aprendiendo.

Aunque hace ya años que te fuiste y descansaste… ¡Perdona, Javierico!

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Photo by Aditya Romansa on Unsplash

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4 comentarios

  1. ¡Qué grande eres, Susana!
    Una vez alguien me dijo que amar no solo es cuestión de sentimiento. Y otra vez que la capacidad de amar, como todo en la vida, es cuestión de don. Habrá que pedir hasta aburrir.
    Con tu “confesión” nos permites hacernos conscientes de nuestra impotencia.
    Un abrazo grande y gracias, muchas gracias.

    Me gusta

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