El Rey de la Rotonda

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Photo by why kei on Unsplash

Texto: Susana Aragón Fernández

Durante muchos años te habías desplazado por la ciudad andando, en villavesa y en coches que conducían otras personas. No tenías carnet de conducir cuando todos tus amigos hace años que ya eran expertos conductores. Conocías bien lo que era ESPERAR: en los semáforos, en las marquesinas, esperar a quien se encargaba de llevar el coche. Hasta que un día te decides y en un santiamén te sacas el carnet de conducir con mucha facilidad. Clases teóricas, clases prácticas… lo que en principio no te resultaba especialmente atrayente, te va gustando cada vez más.

Una vez que entras en una rotonda, eres el rey de la rotonda”, te decía con aplomo y satisfacción el profesor de la autoescuela. ¡El Rey de la Rotonda! Y realmente, cada vez que coges el coche, sientes ese poderío: la rapidez de los traslados, la eliminación de las esperas, los tiempos que se acortan… Esa sensación se va extendiendo poco a poco a la conducción en general.

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Photo by Fredo Figaredo on Unsplash

También has de reconocer que, curiosamente, ahora eres más impuntual que cuando eras un peatón: te confías en la velocidad del coche y no calculas que también hay que aparcarlo. Pero esa es la excusa perfecta para tus tardanzas: “¡No encontraba aparcamiento!”…                                      

Cada vez es más habitual verte en el coche despotricando contra los peatones que atraviesan el paso de cebra “¡Venga, mendrugo, espabila, que no tengo toda la mañana!” “¡Joder qué pachorra, se nota que no tiene nada que hacer!!”. Y mirando a ese ciclista que tímidamente se ha puesto a tu lado, correctamente, en la calzada…. “!p. ciclistas!”…

Un día llevas a tu hijo en coche al entrenamiento. Vais justos de tiempo, para no variar. Salir en el último momento se ha hecho costumbre. Estás especialmente nervioso por ese malentendido que habéis tenido en el trabajo y tu cabeza está con mucho jaleo dentro. “Le tenía que haber dicho esto”, “Me ha fastidiado que no haya reconocido mi esfuerzo”, etc… Tan ensimismado vas que no te has dado cuenta de las “perlas” que vas lanzando por el camino a los otros conductores, a los ciclistas y a los peatones en los pasos de cebra. Y en un momento esa vocecita que llega del asiento trasero te descoloca “¡papi, que no eres el rey de la carretera, que las calles son para todos… nos lo ha dicho hoy Alberto, el policía municipal en la clase de Educación Vial!”.

“¿He oído bien?… ¿Mi niño, mi niñito… me está dando lecciones?”. Te has quedado callado, rumiando lo que se te ha revuelto por dentro. No sabes si enfadarte con él, darle una respuesta airada y mandarle callar o darle una chapada al estilo de lo que hacía tu padre cuando armabais mucha bronca tus hermanos y tú en el asiento trasero. No reaccionas al instante y eso te salva de mostrarte injusto con él. No reaccionas porque sabes que en esa frase tan espontánea y sin ningún tipo de maldad ni segundas intenciones, hay una gran verdad. Callas para poder escuchar de nuevo sus palabras. Respiras y finalmente consigues reaccionar respondiendo a tu hijo. “Tienes razón, cariño, las calles son de todos”.

Y de repente recuerdas los tiempos de ESPERA de tus tiempos de peatón y el sentido de los trayectos, con sus paradas, su conversación y su interés. Desde ese día decides olvidarte del coche siempre que puedes, especialmente para acompañar a tu hijo al entrenamiento. Sin más. Sin explicaciones. Se acabó el coche cuando puedes evitarlo. Y acompañar a tu hijo al entrenamiento se ha convertido en uno de los mejores momentos entre los dos: él va contándote cosas que le han pasado, se va parando en escaparates, recogiendo alguna piedra o algún palo, jugáis por el camino, tú también le cuentas alguna anécdota, vais con mucho tiempo por delante… Y llegó el día en que tu hijo, con esa voz infantil sabia te confesó “¡lo que más me gusta de ir a entrenar es el rato que pasamos juntos paseando antes de llegar!”.

 

 

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Photo by Chris Benson on Unsplash

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2 comentarios

  1. Bonito y para hacérnoslo mirar los adultos. No sólo es el coche quien nos hace entrar en agitación y nerviosismo. Cuanta más calma más encuentro con uno mismo y con los otros. también más placer…

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    • Pues sí, Jaime, cuando todo es demasiado rápido es como cuando coges arena de la playa entre las manos y enseguida se te ha escapado.Y, como dices, tenemos el coche, pero muchas cosas más que nos llevan al nerviosismo. Muchas gracias por comentar y por estar ahí. Un abrazo.

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