
Foto de Bjarne Postma en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
Ella, cara preciosa y pelo fuerte y vigoroso, blanco por completo, cortito y estiloso, llena de alegría y vitalidad, acompañó a su marido en su enfermedad hasta morir: en su casa, como él deseaba. Se sintió fuerte a su lado hasta el último momento, hasta que un abrazo de su hermano le abrió los ojos y supo que el final era ya inminente y con ese abrazo llegó un cansancio descomunal del que no había sido consciente porque solo escuchaba lo que necesitaba ese hombre que se le estaba yendo, ese hombre amado, ya sin remedio, su compañero.
Ella, nada dada al runruneo mental, ¡tan volcada en la vida! y sin tendencia alguna a dar vueltas a la cabeza a situaciones, ideas, preocupaciones… se encontró en un primer momento, tras esa muerte, rumiando dañinamente ideas que ponían en cuestión sus cuidados, su ser entero con ese hombre que acababa de marchar: se preguntaba si había sido suficientemente buena compañera, se culpaba por alguna situación, se cuestionaba si tomó las mejores decisiones ¿y si en vez de …. habría ….?, ¿y si en vez de …. habría ….? Esos pensamientos recurrentes no le daban descanso y estaban perjudicando su sueño y su salud: se estaban llevando toda su energía y estaban destiñendo los momentos vividos y sus propios días.
Hasta que un día, una noche, tuvo “su visita” (“no fue un sueño”, aclara, “fue otra cosa”) y él le decía que estaba vivo y más allá de sus palabras, su presencia le llenó de paz y agradecimiento, le envolvió con un amor dulce y compasivo. Desde ese momento se terminó el torbellino mental que le estaba atormentando y pudo recuperar su vitalidad y su energía.
Este relato tan íntimo me hace comprender por qué esta semana, a los pocos días de morir nuestro querido cuñado T. he dado vueltas y vueltas cuestionando los últimos momentos, cuestionándome, con el sentimiento de culpabilidad ¿y si hubiera podido contagiarle una chispa de ilusión… por la huerta, por ejemplo? ¿y si hubiéramos “intervenido” más en su vida, acompañado más de lo que nos dejaba, en su tiempo de duelo?, ¿y si….?, ¿y si….? Preguntas que incrementan la culpabilidad y que rompen la paz de la despedida. Preguntas que cierran la puerta a la muerte y que pelean con ella intentándola alejar. Preguntas que impiden aceptar la llegada de la muerte, la hermana muerte.
Una noche de desvelo llega a mi mente un susurro de algo que tenía olvidado: T. quiso que guardara un tesoro que no quería que se perdiera cuando él se fuera: sus vivencias y recuerdos que son parte de las vivencias y recuerdos de la familia, incluso del pueblo: Burlada. Y llegaron a mi mente las tardes en que me contaba costumbres de Casa Iñigo, anécdotas, personas del pasado… “tú que sueles escribir…” (lo decía por alguna carta que envié al periódico y publicaron) y sin darme más indicaciones de qué hacer con todo lo que me iba contando grabamos horas y horas con la única intención de que todo eso no se perdiera.
Con cierta angustia por el paradero de aquellos audios pasé la noche buscándolos, ansiosa por encontrarlos. En el primer disco duro no estaban… ¡pero sí en el segundo! Y escuché de nuevo su voz, sus historias “T. es la memoria de la familia”, dice su hermana R.. En ese momento descansé de dar vueltas, descansé del sentimiento de culpa y de la pena y sé que tengo que hacer algo por preservar su legado. No sé cómo. En su momento escribí sobre algo que me sorprendió mucho de él: “La casa no me pertenece, yo pertenezco a la casa”. Pero eso solo es una puntita de un enorme y hermoso iceberg.
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Hola, Susana:
Siento mucho la pérdida.
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Saludos:
Celia E.
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Hola, Susana:
Siento mucho la pérdida.
Me gustaría contactar contigo, pero no consigo dar con tu correo…
Celia E.
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