
Fotografía y texto: Susana Aragón Fernández
El colegio transpira ambiente navideño. En sus paredes los dibujos que han hecho los niños, en las barandillas, adornos reutilizados de otros años, en el vestíbulo el viejo belén que permanece contra viento y marea, con sus figuras, su musgo descolorido y sus cortinas azulonas que se convierten en el cielo de ese paisaje. Los villancicos que suenan a la entrada y a la salida del colegio. Los ensayos del festival: las presentadoras, el baile y su coreografía, la visita al centro de día cercano para cantar villancicos con las personas mayores que acuden ahí, como si fuera nuevamente su colegio…
Llega el día del festival. Cantamos unos para otros, bailamos y realizamos los gestos ensayados que adornan las canciones. Luego llega el momento en que cantamos villancicos a las familias. Algunos se cogen día de permiso en el trabajo, otros se “escapan” como pueden de sus obligaciones del tipo que sean… aparecen corriendo, alborotados, padres, madres, algunos abuelos, con el brillo de la emoción en sus ojos. Cuando suenan los primeros compases, muchos sacan sus móviles para guardar el momento para siempre, aunque igual pasarán unos cuantos años para que vean, si es que la ven, esa grabación. Otros sonríen y se les cae la baba contemplando a sus retoños de pastorcitos o caseros. Dan ganas de grabarles esas caras de dicha total: las caras de la felicidad.
Ella tiene siete años. Es menuda y resuelta, chiquitita pero con su genio, expresiva y graciosa, muy vital y capaz de disfrutar. Esta mañana se habrá levantado con la emoción del día y le habrán ayudado con todo cariño y complicidad a ponerse ese pañuelo en la cabeza, esa falda de casera… Es un día especial. Está cerca de mí, en la misma barandilla, junto con otros compañeros de clase. Me extraña su falta de sonido, de expresión… por un momento me parece que está paralizada, y en ella, por su carácter dicharachero, lo esperable sería que se pusiera a canturrear e incluso a bailar en una situación así. ¿Te pasa algo, cariño?, le pregunto. Y ella se vuelve a mí y, como si le hubieran quitado el tapón a una colchoneta hinchada y empezara a salirse todo el aire, salen sus lágrimas y me dice: “No ha venido nadie a verme”.
Quizá es su primera gran desilusión, su primera herida, más dolorosa ante la visión de tantas familias sonrientes y emocionadas ¿y la suya? ¿dónde están? Seguramente luego llegará a casa y esa herida se calmará con las palabras de su madre y el imprevisto que le ha surgido en su trabajo o las bromas de su padre recién llegado y riendo por fin en directo, sin pantallas por medio.
Esa herida, si es tiernamente curada, se convertirá en una fuerte y hermosa cicatriz.
La fuerza y la belleza de las cicatrices
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