Una UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) en casa

Foto de romboide en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández

Hace ya unos años, en el comienzo de agosto de 2009 se casaron la Inés e Íñigo. Buena parte del mes de julio transcurrió con el runrun de los preparativos, ropas, calzado, detalles… ¿Qué calzado llevarían los niños? Fue la primera vez en su vida en que calzaban unos zapatos náuticos, de color azulón y una preciosa camisa blanca de lino con cuello Mao.

La decoración de la iglesia corrió a cargo de Joaquín, buen amigo de la familia y experto en decoración paisajística. Una sorprendente y natural escalera de plantas acompañó la ceremonia, con helechos, paniculata, potos, sansevierias, palmeritas… una composición libre y original en la que Joaquín puso todo su arte y su cariño a la familia.

Al terminar la ceremonia, sin mucho orden y concierto, como nos caracteriza, algunos invitados recibimos una de esas plantas. A nosotros nos tocó una plantita desconocida en aquel momento, con unas hojas ovaladas y con unas curiosas rayas que recuerdan a la raspa de un pez. Creo que se llama kokedama calathea. Desde ese día la plantita ha crecido y crecido y ha tenido muchos momentos. Ahora está viviendo su momento más difícil. Y todo por el apagón que vivimos hace unos meses.

El día del apagón, estando en clase, de repente se apagaron las luces, se apagó el ordenador y la pizarra digital. Pero no nos importó y seguimos como si tal cosa. Nadie se asustó y lo tomamos como algo normal. Luego ya la cosa se complicó al salir del colegio, cuando se extendió la alarma y nos vimos en la necesidad de comprar productos de primera necesidad echando mano de la hucha de nuestros hijos, ya que no funcionaban las tarjetas de crédito. La cosa parecía más grave de lo que pensamos al principio con la recomendación de la Unión Europea en relación al kit de supervivencia.

Pues bien, en ese momento preparé un kit de supervivencia con productos básicos. Y pasaron los meses. Hace unos días busqué leche en ese kit de supervivencia que permanecía en una caja en lo alto de la cocina y descubrí que, con el pasar del tiempo, la leche había caducado. Me preguntaba cómo aprovechar la leche para no tenerla que tirar y se me ocurrió mirar en internet. Había todo tipo de sugerencias: que si hacer requesón, que si algún otro postre… y una idea que nunca habría considerado: echarla a las plantas a modo de abono. Y esto fue lo que finalmente hice.

Olvidado el tema, empezamos sentir un olor muy desagradable en la cocina. Limpiamos los cubos de la basura, la encimera y el suelo a conciencia, pero el olor permanecía. Lo mismo en nuestra habitación. Hasta que se me ocurrió acercarme a las plantas. La leche utilizada a modo de abono se había corrompido y el olor era nauseabundo. La pobre kokedama calathea, que tantos años nos llevaba acompañando, estaba encharcada en un agua putrefacta. Sus hojas, siempre tersas y alegres estaban vueltas sobre sí mismas, como en las últimas.

Como si fuera el servicio de urgencias, retiré el agua pestilente, la tierra impregnada, y limpié con cariño sus raíces, separándola en tres plantitas que coloqué en una nueva tierra y unas nuevas macetas. Dos han ido recuperándose en esa UCI inesperada que ejerce en la encimera de la cocina, y una tercera continúa sufriendo, plegadas las hojas sobre sí mismas, como almas en pena.

¿Llegará a recuperarse? ¡Ojalá! Acabo de cambiarle nuevamente de tierra y de maceta. ¡Ay, el apagón, ay, las recomendaciones de la UE, ay, el seguir ideas locas encontradas en internet!

Fotografía y texto: Susana Aragón Fernández

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