
Foto de Edwin Harvey en Unsplash (fragmento) Texto de Susana Aragón Fernández
Cuando el poeta pronuncia con ternura la palabra “mamá” es un chiquillo de la mano de su madre que nos echa miguitas de su merienda en la plaza cercana a su casa: ríe viéndonos jugar y revolotear.
Cuando el poeta dice “mamá” es un chico bien querido y cuidado que avisa a su madre para que ella también nos admire en el cielo y descubra nuestros nidos en los aleros del tejado mientras él sueña nuevos vuelos.
Cuando el poeta dice “mamá” abre una compuerta bien cerrada: la de las lágrimas no derramadas, la de los sueños que quedaron por cumplir: la casa del pueblo que nunca llegó, las verbenas no disfrutadas y las estrellas del verano no contempladas.
Cuando el poeta dice “mamá” vemos a través del cristal de la ventana de la habitación del hospital a la madre y a él, embelesados contemplándonos a nosotros, simples gorrioncillos de ciudad que acudimos cada mañana al alféizar a desayunar trocitos de pan que religiosamente nos regalan. Y mayor regalo ha sido ese nombramiento que escuchamos de sus labios agradecidos. Sentados al otro lado del cristal han dicho que deberían nombrarnos parte del equipo de cuidados intensivos del hospital. Y les hemos escuchado. No saben que nosotros también venimos cada mañana a disfrutar de la ternura de ese amor delicado que son sonrisas y cuidados lentos. Nosotros les hemos nombrado “ojalá fueran así todos los humanos”.
Cuando el poeta llama a su madre en la noche, la está cuidando, la está queriendo más si cabe; han cambiado los papeles y él le ha estado dando la mano. Ahora es un adulto huérfano, fuerte, desamparado en un Amparo Mayor: nuestros trinos le acompañan y su Señor.
(Dedicado a Víctor Herrero de Miguel)
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