
Foto de Melanie Stander en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
Un día de abril desapareció. Salió de su casa, como de costumbre, para viajar en su coche, ese trayecto diario en el que aprovechaba para escuchar la radio: las noticias y tertulias de cada día y, ya cumplida la actualización autoimpuesta, se daba el placer de poner su cinta de música que cantaba con pasión. La guitarra, en el maletero, por si en algún momento había ocasión de poder rasguearla un poco y tener un momento bonito y musical. Era un día de abril como otro cualquiera, pero algo pasó: él no volvió y en su pueblo y en su familia creció un interrogante, en principio pequeño, pero luego más y más grande.
La Guardia Civil rastreó la zona y todo el camino de su trayecto habitual sin encontrar el menor rastro. Continuaron su búsqueda un tiempo hasta que la falta de la más mínima pista les obligó a olvidar el asunto, quedando la familia desolada y a la vez urgida a seguir viviendo, a seguir cuidando y alimentando a la prole, a seguir viendo pasar los días y las estaciones.
Y pasó el tiempo. Hubo quienes trajeron noticias de haberle visto por algunas ciudades lejanas en otra compañía… lo que dio a la vez una chispa de luz y una puñalada trapera. Para finalmente un día de febrero en plena faena de limpieza del canal, encontraron su coche, con él dentro y en ese momento el interrogante se rompió en mil pedazos trayendo paz, dolor y reconciliación y más dolor.
Ella salió adelante, muy apoyada, querida y acompañada de familiares, amigas y vecinas. Y sus hijos también, crecieron fuertes como árboles en la ribera del río, porque ella hizo de madre y padre a la vez, lo mejor que pudo. Y lo hizo muy bien.
Una de sus hijas, M y yo nos conocimos hace poco cuando ambas teníamos madre. Hoy nos juntamos y somos unas huérfanas: hemos tenido que decirles adiós, así, de forma repentina, sin apenas tiempo de despedidas. Me cuenta M que en el final, estando su madre ingresada en el hospital, esta se puso a rezar y rezar sin parar, aunque dice que no era una mujer de oraciones ni de ir a misa ni nada. Rezaba y rezaba y decía AMÉN. Y otra vez AMÉN. Y en un momento de mucha concentración iba diciendo como una retahíla. Quizá esté diciendo ahora alguna oración, pensaban, pero no, decía nombres y más nombres: los nombres de sus amigas, las amigas que recordaba de toda su vida. Si alguien le interrumpía ella le hacía callar: “calla, que no quiero olvidarme de ninguna”. Fue su última oración de GRACIAS por esas amigas que tanto le acompañaron y le quisieron.
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