
Foto de Annie Spratt en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
Es viernes. La salida del trabajo. Los días de enero son realmente fríos con amaneceres a bajo cero. Llevas bajo el casco que te pones para andar en bici ese gorro de piel negra que reservas para las temperaturas más bajas y que te dan un aire ruso que te encanta. En casa te esperan para comer porque justo el viernes sales un poco antes y llegas a tiempo para no comer en soledad.
La plaza está llena de estudiantes que salen del instituto, pero hoy están especialmente agolpados ¿por qué hay tantos adolescentes en la plaza y por qué no siguen su camino como otras veces? Permanecen alertas, atentos a algo… algo está pasando. Y escuchas unos gritos de mujer. Detienes tu marcha y bajas de la bicicleta oteando el ambiente. Hay gritos y una mujer que corre llevando una silleta y unos niños con ella. ¡Anda, si es una familia que conoces del colegio! La tensión está en el ambiente y una infinidad de jóvenes recién salidos de clase se agolpan impidiéndote hacerte una idea de lo que está sucediendo. Piensas en continuar tu camino. Ya lo arreglarán, sea lo que sea, seguro que ahora viene la policía. Pero te quedas y te acercas a esos tres chavales que están atentos a lo que está pasando. La chica te dice que ha llamado a la policía y comentan lo que han visto de un conflicto entre una mujer y otra, la de los niños. Por lo visto la agresora ha llegado incluso a agarrar a uno de los pequeños, zarandeándolo.
Ya no te puedes ir, porque está ahí tu ex-alumno, L, el que has tenido el curso pasado y el anterior, junto a su madre y sus hermanos. Y a una distancia prudencial al principio observas con preocupación qué está ocurriendo. Al ver a L ya no puedes hacer otra cosa que acercarte y permanecer con él y su hermanito (el que ha sido zarandeado) mientras se resuelve la situación. Están asustados. El más pequeño llora y L está serio y su cuerpo tiembla de vez en cuando. La madre, nerviosa, espera a la policía y está alterada por lo sucedido y más aún le angustia cuál va a ser la reacción de su marido, que está llegando. Sentada en el cuadro de la bici el chiquito encuentra apoyo en tus piernas que se convierten en su respaldo y a L le das compañía y abrazo y alguna breve conversación. Una vecina de la zona, testigo de lo ocurrido, le dice a la madre que ha sido muy valiente ante la agresión de la otra mujer.
Llega la policía y la madre habla con ellos. La vecina testigo deja sus datos y permanece también cuidando de los niños, acompañando, contigo. Ella también ha decidido posponer sus planes y su mirada coincide con la tuya en la empatía hacia los niños: están asustados. Y también abraza y acompaña.
El padre llega con las emociones revolucionadas, con deseo de atacar a quien previamente se ha metido con su familia y han de pararlo en varias ocasiones. “Señora, sujete a su marido que si no vamos a tener que detenerlo”.
Los jóvenes son invitados a abandonar el lugar por la policía y algunos que han participado de alguna manera en el conflicto, quedan cerca como testigos. La indicación tras la denuncia es acudir al Centro San Martín, porque una adolescente que salió en defensa de la madre tiene una herida en la mano. Vamos todos en procesión. Los padres, los adolescentes, la vecina y tú pendientes de los niños y nos despedimos en la puerta del centro sanitario.
No has llegado a la comida familiar. Tu tiempo se ha detenido y se ha regalado con esa familia, con esos niños, recogiendo el susto y el temblor de L y su hermanito y te das cuenta de que eso también ha sido un regalo para ti. El tiempo dado, el tiempo regalado que se te devuelve en regalo.

Foto de Nitish Meena en Unsplash
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