
Fotografía: Ota Janececk Texto: Susana Aragón Fernández
Son ligeras y alegres, bailarinas del aire por los cielos frescos y limpios. Sonríen sin darse cuenta de ello mientras vuelan. Revolotean felices, bailando por los aires con sus locas coreografías imposibles de seguir.
Sus nidos, protegidos en los huecos de los tejados, están cerca de los humanos, pero a cierta distancia, dejando que los niños que no quieren hacer la siesta se entretengan contemplando sus graciosas piruetas. Bien calentitas, las crías quedan dentro a la espera de las golosinas que les traen sus padres en sus picos: moscas, arañas, caracoles, abejas…. Una delicia para esos cuerpos tan necesitados de energía en su crecimiento. Es una labor intensa y de mucho cansancio, sí, pero las golondrinas progenitoras no dejan de hacer bromas entre ellas, sonriendo y bailando en el aire… siempre bailando.
Algunas veces además de atender a sus crías, también tienen que alimentar y cuidar a las golondrinas viejecitas que han perdido la fuerza de sus alas y permanecen en el nido, muy conscientes de que su tiempo se acaba. Y con cariño cuidan de ellas llevándoles la comida al pico y limpiando sus nidos con mucha pericia, sin dejar de sonreír. Las noches frías se acurrucan a su lado para darles calor a esos cuerpos que se van enfriando. Luego un día descubren que ya no le queda vida a esa golondrina añeja y han de sacarla y despedirla sabiendo que no la volverán a ver ya más.
En verano vuelan hasta la laguna, disfrutan enseñando el vuelo a sus pequeñuelos, saborean unos escarabajos y unas hormigas que viven por ahí y encuentran entre los arbustos, juegan a lanzarse por las corrientes de aire como por toboganes, dando vueltas sin parar. Los días más calurosos en la orilla hay un jolgorio de alas y cuerpos remojándose en un alegre salpicar para después descansar al sol de la mañana.

Fotografía: SEO Bird Life
Una vez, no se sabe por qué, una golondrina empezó a picotear a otra con la que siempre había tenido complicidad y alegría, y con toscos aletazos la espantaba de su lado. La otra no entendía qué estaba pasando y por qué las cosas no continuaban siendo alegres como siempre… Picotazos y golpes dados con las patas y las alas. El dolor se le clavaba en las sienes, el abatimiento le nublaba la visión. Se apartó de los nidos con sus plumas pintadas de incomprensión y se dejó caer cerca de una roca, al lado de un arbusto. Así permaneció un tiempo, apartada, malherida, con los ojos cerrados. Parecía muerta.
Unas golondrinas que revoloteaban por ahí la vieron y notando que su corazón seguía latiendo, le llevaron agua y con delicadeza la dejaron caer de pico a pico. Y así hicieron varias veces. El pecho de la golondrina herida mantenía un tenue movimiento: un ligero palpitar. El resto de su cuerpo permanecía inmóvil. Continuaron día tras día refrescándola e hidratándola. Una mañana la golondrina herida empezó a pestañear. Con un interrogante en el pecho (qué pasó, por qué sucedió todo así…) pero sobre todo con la alegría y el agradecimiento hacia quienes le llevaron agua, se unió a ellas y empezó un nuevo baile.
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