
Fotografía y texto: Susana Aragón Fernández
Llega el Señor Otoño con su cuerpo esbelto de bailarín;
anda con la gracia del junco ligero y flexible
elevándose unos centímetros por encima de la tierra húmeda
Llega con su capa ligera llena de hojas caídas en la última ventolera:
verdes, amarillas, ocres, naranjas, rojizas, berenjena…
paseándose elegante entre los árboles, con la autoridad del sabio añoso
Ha despedido muchos atardeceres,
ha dejado marchar entre olores de musgo y petricor
muchas aves con las que se había encariñado
Ha visto cómo los días se reducen como el tamaño de sus padres
y siente cómo la muerte merodea por los bosques que visita
llevándose lo que un día fue su alegría
El Señor Otoño, agotado, duerme y un sueño le anticipa la mayor pérdida,
la mayor soledad: está solo en un andén donde su corazón llora.
Inexplicablemente en sus brazos un niño pequeño reclama su alegría
A partir de ahí empieza todo, otra vez, siempre.
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