Simplemente un viejo laurel

Fotografía y texto: Susana Aragón Fernández

Se están quejando de mí. Les agobio. La verdad que no me miran con muy buenos ojos… Quieren simplemente eliminarme de su visión. Se quejan cuando suben en el ascensor, cuando se encuentran en el portal, cuando se reúne la comunidad de vecinos. Piensan y traman cómo hacerme desaparecer. Yo, aunque no pertenezco a esa comunidad, soy un vecino muy molesto. Se han quejado a mi familia adoptiva, a la policía municipal y hasta a la alcaldesa. No me quieren, eso está claro, y no solo es que no me quieran sino que me odian a muerte. No saben que antes de que ellos llegaran a su edificio yo ya estaba aquí, mucho más pequeñito que ahora, creciendo en una tierra amable, junto al nogal añoso y sabio que por entonces vivía alegremente a unos metros de donde crecía yo. En sus ramas anidaban familias de gorriones, jilgueros, herrerillos y lavanderas que alegraban nuestro día a día con sus cantos y fiestas. Yo los miraba admirado y mirando mis ramas enclenques soñaba con el día en que la primera ave decidiera poner en mí su nido. “Cuando sea grande seré un albergue enorme para pájaros». Muy cerca teníamos una huerta hermosa con su fuente, sus flores y sus hortalizas brotando año tras año. Reinaba la armonía antes de que los que ahora se quejan vinieran aquí a vivir.

Fueron llegando excavadoras, remolques, hormigón, chapas, carretillas, contenedores… y empezaron a trabajar no sabíamos en qué. El intenso ruido de las obras apagó el jolgorio de los pájaros por una buena temporada. Muchos de ellos no lo soportaron y se trasladaron a lugares más tranquilos, por la zona de la Nogalera. Empezaron a hacer un hoyo muy profundo en la tierra, cada vez más profundo. Sin descanso, días, semanas, meses… Un día sentí un dolor intenso bajo tierra: de un tajo se llevaron buena parte de mis raíces y quedé malherido pensando en que quizá mis días estaban ya contados. Mi tronco se fue debilitando, mis hojas fueron amarilleando y creí morir. Además, como suelen decir “a perro flaco todo son pulgas”, justo cuando más abatido estaba me llegó una plaga de cochinillas. El hombre de mi familia adoptiva salió un día a coger una hoja de laurel para cocinar y se dio cuenta de lo que me estaba pasando. Gracias a este hombre, que, con suma paciencia, fue limpiándome todo lo que pudo, hoja a hoja y a los herrerillos que se acercaban en un vuelo alegre para alimentarse de esos bichejos pude recuperarme y empezar mi nueva vida con la mitad de raíces.

Seguí creciendo y con el tiempo se cumplió mi sueño y me convertí en el hogar de varias aves diurnas y también nocturnas. ¡Qué alegría! Había seguido los pasos del viejo nogal y entre los dos éramos un paraíso urbano para tantos pájaros e insectos. Pero el cemento y el asfalto seguían avanzando: con susto vi que a mi alrededor iban “sobrando” muchas cosas: la huerta desapareció para que ahí crecieran viviendas. El viejo nogal, mi maestro y compañero, fue talado por lo mismo.

Ya solo quedo yo y algunos matorrales. He crecido muchísimo, sí. Y ahora los que llegaron se muestran molestos por mi presencia. No se dan cuenta de que el día que me talen, según piden, habrán desaparecido conmigo los pájaros que hoy les podrían alegrar por sus cantos, sus vuelos y porque les retiran tantos mosquitos y bichos que serían molestos. No se dan cuenta de que ese día puede traer “la tala” de la vieja casa de pueblo de mi familia adoptiva y que en su lugar puede crecer un nuevo edificio que sí que les haría sombra y ese ya no se podría talar tan fácil.

Soy simplemente un viejo laurel superviviente a la marea urbana. Podéis verme como una molestia o como un tesoro, eso depende de vuestra mirada.

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