El mejor concierto de mi vida

Foto Ricardo Rubio/Europa Press Texto: Susana Aragón Fernández

Aparece en el escenario, con sus melenas canosas, con su cuerpo flaco y su rostro cadavérico, sus faldas y su guitarra eléctrica, una mezcla curiosa de alguien que es capaz de reírse de sí mismo, de vaciarse y dejar que sus canciones hablen por él. Robe. Van juntos, madre e hijo, porque las entradas para el concierto fueron el regalo de cumpleaños para él; porque es difícil encontrar amigos de su generación que lo conozcan o que quieran ir; porque Robe es más de la generación de la madre que de la del hijo. Es alguien de su tiempo, como un viejo conocido que ha permanecido en lo suyo desde hace tantos años. Para ella es como reencontrarse con aquel compañero de instituto que amaba el rock y que cantaba canciones de Leño en los festivales de fin de curso: Robe. Y la misma sensación con tanta gente del público, con sus camisetas negras, sus canas y sus ganas de revivir la emoción de un concierto a pie de pista como si no hubieran pasado los años, como si los sueños vivieran intactos.

A pocos metros del escenario, como entonces, un público entregado a unos músicos de escándalo. ¿Cómo se puede tocar tan bien el violín y descubrir cómo embellece aquello que toca? El hijo canta las canciones a voz en grito. La madre solo conoce dos o tres canciones, pero no importa porque el ritmo corre por sus venas y baila al lado del hijo que baila también y salta por encima de todas las cabezas, cuando la canción se vuelve intensa y asciende con la fuerza con la que desciende una avalancha. A veces le da la mano para brincar con ella y su fuerza la eleva por lo alto, le parece estar volando. No teme caer porque él está ahí, fuerte y vigoroso. Este cuerpo crecido a fuego lento que un día decía “pero si todos son buenos” al comentarle la necesidad de tener cuidado, ahora desprende fuerza y pasión por la vida por todos sus poros y canta el torrente que lleva dentro: “De pequeño me impusieron las costumbres, me educaron para hombre adinerado, pero ahora prefiero ser un indio que un importante abogado”.

Tarde, después de más de tres horas, termina el concierto. Hora de volver a casa ¿y si cogemos unas bicis eléctricas?. Y en el inicio del mes de junio, en plena noche, regresan ella a casa, sangrando alguna herida del cuerpo que va teniendo sus años, pero feliz por el comentario de él, que sigue al encuentro de sus amigos y de la juerga del sábado que continuará hasta que llegue el nuevo día y, a su vez, vuelva a casa.
El mejor concierto de mi vida

El mejor regalo: esas palabras.

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