
Foto de Dorothe Wouters en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
Quítate toda la ropa menos los calcetines y te pones esa bata y esos patucos en los pies. Ha llegado el momento. Eres una novata en estos temas de anestesia y demás. Quizá de pequeña te durmieran para operar de amígdalas, quién sabe. Pero después de aquel episodio ha llovido y llovido hasta inundarse las riberas de los ríos, hasta suspirar por la lluvia en momentos de sequía.
Te van a poner anestesia general. Ahí, en esa sala, con esa camilla en el centro reservada ahora para ti, no eres nada más que ese cuerpo desnudo, medio tapado con ese camisón ligero como de papel que imita a la tela, con la parte trasera abierta que deja ver graciosamente el culo de los pacientes. Nada más que eso: un cuerpo que queda en manos del personal médico.
Podría ser una sala tipo laboratorio, blanca y fría y llena de metales, pero no, es un lugar contagiado de la vida de quienes se mueven por ahí, volcándose en hacer su trabajo lo mejor posible. Podrían ser unos profesionales engreídos y distantes, tipo tiburón, pero no, transmiten calma e ilusión por cuidar a cada persona que ocupa esa camilla central. Su amabilidad es el mejor tesoro que puedes soñar: miradas que inspiran confianza, palabras tranquilas presentándose “me llamo X y te voy a hacer la colonoscopia”.
No sabes en qué momento te ha vencido el sueño. Poco antes tenías unos tubos finos en la nariz que echaban un vapor discreto y poderoso, tanto como para dejarte kao en unos segundos. No sabes si habrás roncado o hecho esos ruiditos molestos con los dientes que sueles hacer… Pero sí que sabes cómo te has sentido en esa camilla momentos antes del sueño profundo. Te has convertido en una niña de 7 años a la que el anestesista le dice “te vamos a traer un osito para que le abraces”. Él no sabe que nunca tuviste un osito de esos que tienen ahora todos los niños para dormir con ellos; cuando eras pequeña no se estilaba eso.
La única muñeca que recuerdas fue la Nancy vestida de Primera Comunión y tu juego con ella era intentar modernizarla: mechón a mechón le fuiste retorciendo el pelo y así le dejaste una temporada para conseguir la “permanente”. Le quedó un pelo ondulado y un poco leonino. Pero peluches para dormir no recuerdas.

El anestesista moreno y calmado vio una chispa de gracia en tu cara al escuchar lo del osito y te acercó una almohada para que la abrazaras. Y al momento te sentiste feliz con tus 7 años, feliz del regalo y de poder abrazarlo, aunque fuera simplemente una almohada. Y con ese abrazo llegó el sueño profundo.

Foto: https://blog.elembarazo.net
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