Botón de reinicio

Fotografía: Pinterest Texto: Susana Aragón Fernández

Algo pasa o ha pasado cuando en la niñez alguien tiene explosiones de rabia, lanza cosas por la ventana o las lanza a sus compañeros. Algo pasa o ha pasado cuando empuja y va por el mundo arrasando lo que pilla. Algo pasa o ha pasado cuando lo mismo puede verse en esa persona un ángel o un demonio. Una niña llena de vida, cándida, graciosa y amorosa y en dos segundos una niña de mirada torcida y ojos que miran desde el abismo dedicada a la destrucción y al mal.

Me está agobiando, porque se porta muy mal, nos pega y nos empuja y luego me persigue para que juguemos con ella y yo no quiero”, se queja una niña en el recreo. Lógicamente. El mal campando cerca en forma de golpes y avasallamientos.

A lo largo del curso han ido recibiendo varios mensajes: “Unos aprenden antes que otros a comportarse, vamos a tener paciencia con quien se porta mal, pero eso no significa que tengamos que recibir golpes… paciencia y evitar “encender el fuego”, dar oportunidades. Ya hemos conocido a alguna otra persona de esta clase que también se portaba muy mal y ahora ya ha aprendido a portarse mejor. Eso se aprende, vamos a dar tiempo”. Mensajes de este tipo por evitar rechazos. Pero también mensajes de autocuidado y autoestima: “Somos libres de jugar, somos libres de estar con una u otra persona, somos libres de decir que no a muchas cosassí, tenemos que respetarnos, procurar tratarnos con cordialidad y educación… pero cuando me siento invadida, golpeada… tengo el derecho de protegerme, apartarme de quien me daña y decir NO”.

Ese día en que la niña se quejaba de la otra, quise asegurarme de que se respetaba el NO de esta niña y de que ninguna persona adulta le obligaba a jugar con quien no quería (a veces los adultos somos así, lo que somos incapaces de hacer nosotros, lo exigimos a los niños) y me acerqué a ver cuál era el ambiente en el patio. Yo, que iba dispuesta a hacer respetar ese NO de la niña que se quejaba, me vi sorprendida y enseñada por la grandeza de otras dos niñas que jugaban amigablemente con la niña “difícil”, sin rencores, en el disfrute del momento presente, del juego presente. No estaba la que se quejaba, pero eran otras que también la habían sufrido. Sonreían con sus dentaduras cambiantes, con sus huecos y sus dientes recién estrenados, con sus mofletes graciosos. Debajo de una mesa del patio, convertida en cabaña de aventuras o quizá en palacio o cueva, inventaban sus historias mientras sus cuerpos, sus gestos y sus risas enseñaban lo que significa apagar el botón y reiniciar. Frescura total y empezar de nuevo. ¡Ojalá pudiéramos ser así las personas adultas: dejar de dar vueltas a los malos rollos, disfrutar más del momento presente y REINICIAR, sin más!

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