
Le llamamos de muchas maneras, infinitas, y da nombre a muchos lugares y a muchas personas: María.
María, Virgen del Yugo, Virgen del Perdón, Virgen de Idoia, Virgen del Villar, Virgen de Guadalupe, Virgen del Pilar, Virgen de Lourdes, Virgen de Fátima, Virgen de Itatí, Virgen de Begoña, Virgen de Valvanera, Virgen del Carmen, Virgen de Urkupiña, Virgen de la Candelaria, Virgen de Leire, Virgen de Arantzazu, Virgen de Altamira, Virgen de Covadonga, Virgen de Estíbaliz, Virgen de Montserrat, Virgen de Ujué, Virgen del Camino, Virgen Peregrina, Virgen del Valle… todas son la misma, María. Tantas generaciones la han mirado, admirado, querido, han aprendido con ella.
María, sensible y fuerte como un junco a la orilla del lago.
María callada, reposada, inteligente… de mirada clara.
María observadora, atenta, libre, con ojos que abrazan estrellas y sinsabores.
María hoy es María de la Soledad: una madre que ve cómo arrebatan sin piedad la vida de su hijo. El odio que golpea y escupe al hijo, golpea y escupe a la madre.
La sinrazón y la brutalidad de la envidia clavan una espada en su corazón que grita desgarrado sin voz.
María de la Soledad carga con el horror y el miedo a los pies de su hijo.
El hijo, con una tristeza desconocida hasta ese momento, mira dolorido a su madre, mira dolorido a su mejor amigo. No les abandona: les invita a adoptarse mutuamente, a ser ella madre de él y él hijo de ella, a ser familia y alimento: él de ella, ella de él.
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo».
Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
(Juan 19, 25-27)
