Les he oído

Foto de mali desha en Unsplash  Texto: Susana Aragón Fernández

Después de comer estaba medio dormitando en la salita, con la televisión encendida. Este cuerpo no me sigue y me está convirtiendo en una mujer que nunca pensé llegar a ser: una vieja triste y apagada. Me duele todo. Quiero que todo vuelva a ser como antes, que el cuerpo funcione más o menos, que me permita moverme, pasear, hacer tareas de casa como he hecho toda la vida… Me gustaría volver a ilusionarme con cualquier cosa, una nueva maceta, cambiar un mueble por otro más actual, visitar a mi prima Consuelo, ir a dar un paseo por la orilla del río…

Los médicos siempre recomiendan lo mismo: que si vida saludable, buenos alimentos, comer poco y en diferentes momentos del día, no tomar grasas ni azúcar… hacer ejercicio, beber agua… Y yo hago más o menos todo, menos lo del ejercicio. Es que es superior a mí. No hay forma. Cada mañana me propongo empezar con mi rutina de ejercicio y lo voy posponiendo a lo largo de la mañana, ocupándome de otras cosas con tal de no ponerme a hacer esos ejercicios que me son tan costosos. Se pasa la mañana bajo mínimos (higiene personal, desayuno, pensar en qué puedo preparar para comer o qué le puedo decir a Paula que me ayude a cocinar; se pasa la tarde entre la siesta, el programa de la tele, alguna visita de algún hijo y a la noche ya estoy demasiado cansada para hacer otra cosa que no sea sentarme a ver algún programa de televisión.

Vinieron las chicas (Paula, Natalia y Carolina) con alguno de los nietos a comer a casa y después de la pequeña sobremesa, se quedaron recogiendo la cocina y charlando animadamente mientras yo me retiré, agotada, a mi butaca del cuarto de estar. A pesar de que estoy bastante sorda, y se quejan mucho de eso cuando les hago repetir algo, pude escuchar algunos retales de su conversación en la cocina. Hablaban de mí. Natalia se lamentaba de que no hacía caso de los médicos, se quejaba de que no me movía y adivinaba mi futuro (“así va a acabar en una silla de ruedas en dos días”). Carolina hablaba de las bondades del ejercicio y de lo bien que le venía a ella el tiempo que dedicaba diariamente al gimnasio y que si yo pusiera más de mi parte, mejor me iría. Paula, con un poco más de compasión, intentaba defenderme: “ya, lo del ejercicio estaría bien, pero es que está muy changadica…¡tiene tantos dolores!… no debe ser fácil así”.

Siguieron hablando y al rato pude captar otro trozo de conversación. Carolina, que apenas se acerca por mi casa, porque siempre tiene una y mil cosas que hacer antes de hacerme una visita, criticaba a sus hermanas diciéndoles: “¡le estáis malcriando!”. Y la cosa seguía refiriéndose a mí. ¡Qué horror! Me sentí fatal. Casi como si no hablaran de mi, de su madre. Pero ¿qué es eso de que me están malcriando? ¿Cómo se le puede ocurrir decir semejante majadería? O sea que visitar a una madre vieja revieja como yo, intentar facilitarle las cosas, preocuparse por su salud, por sus necesidades, acompañarle al médico de cabecera y a tantos especialistas… ¿Eso es malcriar? Me dio un vuelco el corazón. ¡Qué disgusto, hija mía! ¡Qué corazón de piedra el tuyo, hija! Ya llegarás a mi edad y te acordarás de mí y seguro lamentarás no haber sido capaz de acompañarme y cuidarme. Cuidar y acompañar es beneficioso tanto para quien cuida como para quien recibe los cuidados. ¡Lástima, Carolina, tan ocupada con tu vida, con tantas horas despilfarradas en mil asuntos que giran alrededor de ti! Estás todavía muy verde si solo puedes mirar a tu ombligo, si solo puedes ver tus propias necesidades y deseos. ¡Lástima, porque no me queda mucho tiempo y a ti te falta mucho para conocer lo que verdaderamente importa!

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