
Foto de Aaron Greenwood en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
Una vez un soldado dio un salto para salvar la vida de un niño
y se le vio la cara por primera vez, en medio de la tropa
su salto hizo que todos lo miraran.
Su salto le hizo visible: su cabeza sobresalió por encima del batallón. Rompió la norma grabada a fuego “somos todos iguales, todos anónimos”
su salto le puso nombre e, inesperadamente, molestó a sus compañeros que seguían manteniéndose en el anonimato.
No importa si se arriesgó por algo noble:
no importa si sus esfuerzos sirvieron para alguien:
su cabeza había sobrepasado el resto de cabezas.
Había ofendido al resto, no importa el porqué de su acción.
Fuera de los suyos recibió palabras agradecidas, elogios… el abrazo del niño y de sus familiares felices.
Mientras, los suyos le esperaron con el gran martillo con el que corrigen a los díscolos. El martillo que devuelve a su sitio a quienes sueñan, a quienes creen que siempre hay un margen para la libertad, a quienes salen de lo establecido con un alegre salto de gacela.
Ese soldado también creía que “el sábado se hizo para la persona y no la persona para el sábado”.
Quizá haya un martillo amenazando a la vuelta de la esquina. O quizá ya ha comenzado su labor correctora. Quizá por un exceso… de tranquilidad, de paz en la desdicha, de alegría en el dolor… por un exceso de mantener la calma y la esperanza.
La oscuridad es un camino de pasos inseguros.
El deslumbramiento es un exceso de luz que del mismo modo paraliza.
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