
Foto de Aaron Castillo en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
Este otoño está siendo especialmente cálido. Tanto que algunas plantas de la terraza han llegado a despistarse y, como si estuviéramos en primavera, han florecido. Como el pequeño rosal que veo desde este salón donde paso las horas. Es octubre y sin embargo ha florecido una rosa que admiro desde la butaca. Es increíble que estas cosas tan pequeñas sean capaces de alegrar tanto. ¡Mira, Marianna, mira cómo ha florecido esa pequeña rosa… a estas alturas del año! No me canso de mirarla una y otra vez. Parece que viene a darme la mano para llevarme a otra parte. No temas, Ana Mary, ven conmigo que allí donde vamos no hay espinas ni dolor. Ven, dame tu mano, ven.
Entre sueños me ha parecido que la rosa me llamaba y me tendía su mano. Hemos ido juntas a un jardín resplandeciente donde todo era silencio y armonía y la sensación era de una paz inmensa. Me he sentido muy feliz por un momento. Ahí todo era ligero y mis pies parecían los pies de mi niñez. Mi cuerpo era esbelto y grácil como el cuerpo de mi juventud. Mi alma estaba calmada y alegre como ha estado mi alma mucho tiempo, antes de recibir los latigazos del dolor. En el lugar donde íbamos paseando la rosa y yo, del brazo, como dos amigas, solo se escuchaba un ligero canto de pájaros, ningún ruido. Era un lugar para quedarse, donde no había más deseo que el de estar ahí. Un lugar sin enemistades, ideal para descansar. De vez en cuando la rosa cuchicheaba a mi lado y me repetía algo al oído entre risas.
Mis hijos volvían a corretear a mi alrededor, riendo despreocupados, dueños del juego y del momento. Mis nietos de repente eran de la misma edad que mis hijos, incluso yo misma me había convertido en una niña y jugaba riendo y correteando por ese jardín radiante. Y, de nuevo, la rosa me susurraba unas palabras al oído y reía y me hacía sentir muy bien. Nada pesaba, no había lugar para los rencores ni los enfados. Nada, niños de nuevo, juguetones y risueños, sin otro afán que divertirse jugando juntos. Y yo una más.
Me entró un sueño inmenso, como si de repente fuera una bebé y me quedé dormida, confiada en ese lugar sin estridencias, el lugar de la calma. Ese lugar parecía un abrazo divino, sin nervios, sin tensión ni dolor. ¡Qué descanso volver a dormir con la paz de un bebé confiado en brazos de su madre! ¿Estabas ahí, mamá? ¿Estabas ahí, padre? ¿Por qué la rosa me dice una y otra vez esas palabras? ¿Qué misterio guarda esta rosa florecida en octubre en la terraza de casa, justo enfrente de mí? ¿Qué significan esas palabras?
Un ronquido de Ángel me ha traído de nuevo a mi butaca frente al televisor, me ha traído a mi dolor de espalda, a Ángel dormitando en la butaca de al lado… Y corro a buscar un papel para apuntar lo que la rosa me ha repetido medio cantando: “a las 11 me dio un desmayo, a las 11 me desmayé, y a las 12, queridos míos, para siempre os dejaré”. Solo he encontrado un papel con la lista de la compra y justo al lado he escrito ese mensaje secreto que no entiendo, pero que me ha traído una enorme sensación de calma.
El 21 de octubre me caí en la terraza de casa muy cerca de la rosa otoñal y me di un golpetazo en la cabeza. Puede ser que el suelo estuviera un poco húmedo y me resbalara. Puede ser que me pasara algo, o que tropezara con algo… Poco antes de las 11 me llevaron a Urgencias y sobre las 11 una hemorragia interna me llevó al coma. A partir de las 12 llegó el sacerdote para celebrar el último sacramento y despedirme junto a toda la familia que fue llegando poco a poco, primero a la sala de Reanimación y luego a la UCI.
La rosa volvió a darme la mano y con una mayor ligereza nos fuimos alejando sin volver la cabeza atrás, notando el calor de los que quedaban alrededor de mi cuerpo gastado. Nos alejamos dejando una estela de estrellitas doradas grabadas con la palabra SÍ, y con la gracilidad de una bailarina fuimos desapareciendo entre las verdes montañas de Sorogain.

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