
Fotografía: https://www.freepik.es/ Texto: Susana Aragón Fernández
Me llamo Daniela y tengo 7 años. Hemos llegado a Pamplona desde Murcia este verano, así que todo es nuevo para nosotros: barrio, vecinos, tiendas, colegio… En el colegio soy nueva junto a dos niños más. Los primeros días me acordaba mucho del otro cole y de mis amigas Sandra y Judit y de Matthew. También de nuestra maestra Isabella, que nos contaba tantos cuentos. Cada vez pienso menos en ellos y voy haciéndome al nuevo ambiente. Aquí también hay gente maja y he empezado a ser amiga de Maider, Alba, Janira… jugamos en el patio. Nuestra maestra parece buena, como Isabella.
Ahora llegan unos días sin ir al colegio, por el puente de la Hispanidad. Iba a empezar estos cuatro días enfadada porque, jugando en el recreo, Gonzalo, un compañero de clase, me escupió a la cara. Me quedé pasmada, como paralizada cuando sucedió y al rato me puse a llorar. Janira fue a buscar a una maestra que estaba en el patio y le dijo lo que había pasado. Ella me quiso consolar y buscó a Gonzalo intentando que se disculpara pero él, erre que erre, en su posición, no quiso dar un paso para pedirme perdón. Era como una roca, como si se hubiera metido dentro de una armadura. Nada.
Un runrún en el fondo me decía que quizá yo había hecho algo que podía haber provocado su desagradable reacción. Sí, me había unido al grupito de niños que se burlaban de él. Parecía que no era para tanto, porque no había sido quien más se hubiera metido con él, pero es verdad que me había unido a los otros dejándole solo… Y, claro, esa parte nadie la había visto ni él había dicho nada de todo eso. Le estaban diciendo “gordito, relleno” y cosas por el estilo, le ridiculizaban y yo me reí porque también Alba estaba ahí en ese momento y también se reía.
Algo por dentro me hacía sentir incómoda cuando la maestra le insistía en que me pidiera perdón, le reñía diciéndole que eso de escupir era una cosa muy, muy fea, que cómo podía haberlo hecho etc. Yo me iba sintiendo cada vez peor: sabía por qué él se mantenía en su postura, pero a la vez, me dolía mucho que su reacción fue directamente a mí, quedando los demás tan tranquilos con sus risitas.
Me sentía doblemente incómoda: por el escupitajo y por las risitas de antes que ninguna maestra había visto pero que se removían en mí por dentro como un gusanillo molesto.
Llegó la hora de despedirnos del cole y apareció nuestra maestra. Vio mi cara y me preguntó qué pasaba. Le conté que Gonzalo me había escupido a la cara, pero no fui capaz de contarle lo anterior porque en ese momento no lo tenía tan claro como ahora. ¿Y lo habéis hablado, lo habéis solucionado, se ha disculpado? No, Gonzalo se ha ido al comedor. Ella fue a buscar a Gonzalo, subieron las escaleras hablando y se acercaron a mí. Él, con su cara regordetilla y prieta me miraba, miraba a la maestra y finalmente decidió pedirme perdón, sin más, pero fue muy de verdad. Tanto es así que finalmente tuvo un arranque espontáneo y me dio el abrazo más apretado que he tenido nunca. La verdad que ese abrazo me cogió por sorpresa y me hizo reír. Él también se sintió bien y también rió y así hemos empezado con alegría este puente de la Hispanidad. Ese abrazo me ha enseñado que esa primera parte, la de la burla, que nadie ha comentado, ni observado ni siquiera intuido, no tiene que repetirse. Gonzalo no se merece algo así. Ni Gonzalo ni nadie.
Si quieres puedes hacer un comentario sobre lo que acabas de leer. También puedes compartir esta entrada con tus amigos y familiares. Estás invitad@ a formar parte de este blog. Sólo tienes que darle a “seguir” y el propio blog te avisará de las novedades. También puedes leer entradas antiguas.