Como niñas

Foto familiar Texto: Susana Aragón Fernández

Mi abuela Jesusa pinchaba un poco cuando le dabas un beso. Con el tiempo he sabido que lo que pinchaba eran esos pelitos duros que a algunas abuelas les salen en la cara y que ni se plantean quitar porque ni se han dado cuenta de su existencia. Era una abuela del siglo pasado curtida por la vida. Perdió a su madre siendo adolescente, aunque en su época ese concepto de tránsito de la niñez a la vida adulta ni se contemplaba y, siendo la mayor de muchos hermanos, ya la tomaban por la sustituta de aquella que cocinaba, limpiaba y se ocupaba de todo, trabajando todo el día como una burra. Viendo ese panorama que se le venía encima prefirió adelantar su boda y salir de lo que preveía una vida de servidumbre rayando la esclavitud.

Hubo una guerra en el país, cartillas de racionamiento y el día a día de la lucha por la vida. Una vida un tanto nómada, siguiendo los destinos laborales del marido y a la vez criando a los hijos que llegaron (uno siendo muy pequeño quedó enterrado en Andújar y el mismo nombre recibió mi padre que nació al poco tiempo de esa muerte prematura). Poco más tarde, una nueva pérdida: un invierno terriblemente frío quedó viuda con cuatro hijos jóvenes.

Su gesto se endureció, lo mismo que su corazón y siguió su vida de esfuerzo, de trabajo y de prestar atención solo a lo necesario y útil, sin filigranas, ni detalles, ni caprichos. Según cuentan, hay abuelas que saben a magdalenas y natillas y sus besos son dulces como bálsamo esperado; en cambio ella sabía más a roca y salitre, a vinagre y rábano picante.

Una vida en blanco y negro, como la que vivieron sus hijos durante muchos años que me hacen preguntarme:

¿Cómo sería la abuela de bebé? ¿Cómo le habrían querido? ¿Qué habría aprendido del lenguaje del amor? ¿Qué miserias rompieron sus risas frescas y su piel tierna? ¿Acaso se secaron todas sus lágrimas convirtiéndose en verrugas? ¿Quién destrozó la suavidad de sus manos atrofiándolas para las caricias? ¿Cómo fue enmudeciendo la niña que era, quedando encerrada en una apretada armadura? ¿Qué crueldades apagaron la chispa de sus ojos? ¿Qué veneno recorrió sus venas?¿Qué hambre le ahogó?

Y recuerdo esa frase “Si no os hacéis como niños

Ahora lo empiezo a entender: hacerse como niños es dejar salir del sótano a la niña apresada durante tanto tiempo; soltarle las manos y retirarle el trapo que tapa su boca; llevarle a un lugar donde pueda jugar con los pies descalzos, donde sus ojos puedan volver a brillar; sonreír atesorando piedras, conchas y palos; hablar sin filtro y reír.

Muchas veces la abuela volvía a ser una niña haciendo una travesura y sin que nadie se enterara iba con mucho misterio a su armario, cogía algo que guardaba ahí y con mucha satisfacción y complicidad colocaba en mi mano un caramelo tapándolo rápidamente con mis manos, como para que nadie se diera cuenta de lo que acabábamos de compartir. En esos momentos éramos dos niñas unidas por el secreto de un caramelo.

Perdona, abuela ¡qué sabré yo de tu vida!

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