
Fotografía: Foto de olga safronova en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
La sala de espera del Ambulatorio Doctor San Martín está abarrotada. Fuera, la tarde es una tarde preciosa de verano que invita a salir, pasear, nadar, ver el río… Ella pasa de los 80 y el otro día se cayó, no de una forma muy brusca, pero se cayó. Una herida en la pierna derecha y mucho dolor en el pie izquierdo. ¿Tendrá algún hueso roto? No es de quejarse y ahora lo hace.
En situaciones de espera ya pasadas, con los niños, siempre iba en el bolso un libro para amenizar esos tiempos lentos y pesados. “Manolito Gafotas” nos acompañaba aligerando el momento con su gracia.
¿Y si tiene algo roto, cómo se las van a arreglar en el día a día, ella con más de 80 y él con más de 90?… Buff echas de menos a Manolito y encuentras una alternativa en ese juego que tienes descargado en el móvil que consiste en hacer palabras a partir de unas letras desperdigadas por un jardín colorido: un juego que activa la parte del cerebro aficionada a la lingüística: “R A Z N B I…. : nariz, bar, ira, brizna, barniz…”
Las claves de cada paciente van apareciendo en la pantalla llevándole al triaje con la enfermera, a una visita médica, a la sala de rayos para hacer una radiografía… Es una larga espera.
Llega una mujer corpulenta que se sienta a nuestro lado. Nada, seguimos jugando. Se pone a toser. A ver si para. Sigue tosiendo. Lástima no habernos puesto la mascarilla. Toda la sala llena y siguen saliendo en la pantalla las claves de unos y otros pacientes. Nos atienden con cariño y con gestos a la vez delicados y resueltos, con manos que saben qué es lo que tienen que hacer.
¡Buenas noticias! No hay nada roto tras la caída. ¡Qué alegría! Por fin nos vamos.
Hemos pasado más de tres horas. Entre esas paredes. El día ya empieza a perder su luz y aprecias con nostalgia que empieza a anochecer antes.
La última espera: él va a por el coche para volver a casa y le esperamos en el banco del chaflán. Disfrutamos respirando por fin el aire libre entre los castaños de Indias de la calle y agradecidas por las buenas noticias miramos hacia arriba donde nos sorprende el vuelo lento de unas enormes cigüeñas. Con esa manera de sobrevolar la ciudad, tan próximas a las casas y a las gentes, parecen despedirse hasta el próximo año, dejando atrás su nido entre las ramas de los árboles de la riberas del río o quizá en lo alto de algún campanario… diciendo adiós a la intensidad vivida criando a sus cigoñinos.
Su amplio vuelo se lleva el transcurrir de los días cálidos y se unen a nuestro contento tras salir del centro de urgencias médicas con el regalo de esas buenas noticias. Ellas no saben que son el segundo regalo que nos da la tarde.

Fotografía: Buxens
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