
Foto de Ricardo Porto en Unsplash Texto: Susana Aragón Fernández
En Pontevedra hay una callejuela que se llama Rúa da Santiña, al otro lado del centro histórico, atravesando el río Lérez por su puente ancho. Por las mañanas la recorren cientos de peregrinos de los de estos tiempos, ataviados con ropa deportiva, mochila a la espalda y buen calzado. Algunos van solos y muchos avanzan hacia Santiago en compañía de alguien: amigos que ya partieron siendo amigos o amigos encontrados en los caminos. A veces les acompaña el silencio y otras veces forman un alegre jolgorio como de pájaros mañaneros que alborota las primeras horas del día.
También por las mañanas se escucha en esa calle el canto del gallo a pesar de estar en medio de la ciudad. Es una ciudad, sí, pero no ha despachado del todo a sus viejos habitantes como estos que cantan. El gallo de la Rúa Da Santiña no puede contener la alegría de ver un nuevo día tras las horas de oscuridad y se le puede escuchar un buen rato.
El barrio está un poco destartalado, con calles por arreglar, viejas casas vacías con las puertas de entrada candadas para evitar okupaciones mientras esperan su derribo y su retirada que dará lugar a nuevos barrios, nuevas viviendas y se perderán para siempre los últimos reflejos de las vidas que por ahí transcurrieron. “Esa era la casa de la señora Ana Carmen, la de la mercería”. “En esa de ahí vivía el abuelo de Mila y tenía una huerta muy grande con espacio para jugar”…

Foto: Susana Aragón
No muy lejos de ahí hay una iglesita muy pequeña y de planta circular: la Iglesia Da Peregrina que preside la imagen de una virgen ataviada como los antiguos peregrinos y que con su gesto parece animar a echar a andar. ¿Una virgen peregrina? Encima de esta escultura hay una escena con una mujer, con un niño en los brazos, sentada a lomos de un burro y, acompañados por un joven moreno de brazos fuertes, caminan, dejan su lugar, salen de su tierra… Son María con el bebé, Jesús y José. Desde sus primeros tiempos son peregrinos obligados, salen huyendo de su país hacia Egipto. Sin otra cosa que el cielo sobre ellos y la tierra bajo sus pies, sin un plan organizado y sabido, avanzan con la fuerza de la fe.
Y ese pequeño que viajaba en brazos de su madre, con el paso del tiempo creció y ¡la que armó! Al final de sus tiempos encargó a sus amigos salir de su tierra para llevar su mensaje. Uno de estos amigos fue Santiago, que tuvo el encargo de dar a conocer por la vieja Hispania lo que él conoció a su lado. ¡Cuánto trabajo, cuánta valentía, cuánta fe… debió tener este Santiago que ahora es más bien un lugar al que peregrinar!
“Estes que veñen de lonxe falan dun Deus que se parece a un pai que agarda cada día a que volva o seu fillo, que marchou para gozar da vida. Contan que cando o fillo sofre fame e calamidades, decide volver e o seu pai, en lugar de reprocharlle todo o que fixo e todo o que gastou, como faría calquera de nós, simplemente sae correndo á estrada para abrazarse, el, contento co seu regreso e facer unha festa para celebralo. Así contan cousas que son novas para nos” *

Tras muchos kilómetros recorridos el gallo de la Rúa Da Santiña les canta y en su idioma les dice que están ya muy cerca de Santiago de Compostela. Ese canto es una fiesta, la fiesta del que vuelve a casa.
* Estos que han venido de lejos hablan de un Dios que se parece a un padre que espera cada día a que vuelva su hijo, que se marchó para disfrutar de la vida. Dicen que cuando el hijo pasa hambre y calamidades decide volver y su padre, en vez de recriminarle todo lo que ha hecho y todo lo que ha gastado, como haríamos cualquiera de nosotros, simplemente sale corriendo al camino para abrazarle, feliz con su regreso y hace una fiesta para celebrarlo. Así cuentan cosas que son nuevas para nosotros.
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